Por Dafne Martínez

junio 14, 2023

La primera vez que escuché sobre Cormac McCarthy, estaba, si no me equivoco, en el campus Aeropuerto de la Universidad Autónoma de Querétaro. Por entonces dictaba un taller de escritura en el Museo de la Ciudad que más que taller era una pandilla de vándalos. La literatura era el pretexto para reunirnos, pero el motivo real era la mota, el alcohol, los ligues y en general el cotorreo. No puedo culpar a mis alumnos, yo era la responsable del taller, pero en mi defensa, debo decir que tenía 21 años. Ellos tenían dos o tres menos que yo. Éramos, en otras palabras, unos mocosos. Yo había ido al Campus Aeropuerto para visitar a mis alumnos, pues la mayoría cursaban Estudios Literarios en la Facultad de Letras, por entonces recién expulsada del centro universitario y exiliada a esos parajes desérticos que, decíamos, más que una escuela, parecían campo de concentración. Otros de los talleristas cursaban la aún más marginal carrera de Desarrollo Humano, también sepultada por entonces en aquel erial, con sus alumnos forzados a llevar uniforme del Lager. Me gustaba visitarles un par de veces por semana y ahí, a la sombra de un huizache, bebiendo una coca cola o devorando un mazapán, muertos de calor y sudorosos, hacíamos lo que nunca hicimos en nuestros talleres: Hablar de escritores.

Las lecturas que teníamos eran de lo más variadas. A mí, pretenciosa y petulante, me parecía que mientras más vanguardista la cosa, mejor. Le había puesto un altar a cuanto autor raro se me cruzaba, sin conocer de él más que lo dictaba su página en Wikipedia y así, me ponía a pontificar sobre Mario Levrero, Felisberto Hernández, Inés Arredondo, Rubem Fonseca (a quien sí leí mucho por entonces), Roberto Bolaño (a quien también leí) y Thomas Pynchon. Otros, se decantaban por la ciencia ficción y algunos más, por la novela política. José Revueltas, por ejemplo, era un favorito de varios. Uno de mis talleristas en particular destacaba por dos cualidades: su profunda misantropía, que en realidad ocultaba un corazón de lo más noble, y su gusto ecléctico para leer, rebelde siempre a todo intento de cánon. Hablamos de un tipo que devoró a Joyce en inglés (terminó odiándolo) y que se tituló con una tesis sobre Joseph Conrad y la forma en que lo recuperó después Hunter S. Thompson. Fue este tipo, Óscar, el que vivió tres años rodeado de mapas de África mientras terminaba su tesis, quien durante una tarde calurosa en el campus más horrible de la UAQ, me habló por primera vez de Cormac McCarthy.

Lo que dijo no tuvo tanto que ver con su obra, sino con su persona. Decía que, al igual que Thomas Pynchon, contemporáneo suyo, por cierto, McCarthy era un eremita. No le gustaba dar detalles sobre su vida y, en su afán por evadir a la prensa, depredador natural de los escritores, había llegado incluso a encerrarse en una plataforma petrolera. Más adelante, ya avejentado y harto de estar siempre huyendo, abandonó la plataforma petrolera para instalarse en el desierto de Nuevo México, específicamente al norte de Santa Fé, uno de los lugares más endemoniadamente místicos de los Estados Unidos. Jamás encontré ningún dato, más allá de las aseveraciones de Óscar, que corroborara que Cormac McCarthy había vivido en una plataforma petrolera, pero la imagen que sembró en mi cabeza bastó para que me interesara profundamente por el escritor. El empujón me lo dio el propio Óscar en otra ocasión, cuando, visitándolo en su casa, nos fumamos un porro y se nos ocurrió poner una película. La película en cuestión fue “No country for old men”, horrorosamente traducida como “Sin lugar para los débiles” y sin duda una de las cintas más crudas entre las que han dirigido los hermanos Cohen. En ella, seguimos de cerca al sociópata Anton Chiurgh en una pesquisa que va desde el sur de Texas hasta el norte de Coahuila y en la que no faltan momentos de esos cuya violencia hace imposible conciliar el sueño en la noche. Cuando finalizó la película, me le quedé viendo a óscar y este, con los ojos enrojecidos y una sonrisa gigante, me señaló que estaba basada en una novela de McCarthy.

Ya no pude, en lo sucesivo, hacerme tonta respecto a este señor que terminó encerrándose en Nuevo México y ahora sí, comencé a interesarme por su obra. Una vez hecho esto, descubrí que la saña con que retrató a Anton Chiurgh, era apenas una probada de su habilidad para retratar al mal más absoluto. Pero Chiurg, el psicópata que agujeraba cráneos con un extintor presión y que terminó pudriéndose en Piedras Negras, era tan solo un bebé si lo comparábamos, por ejemplo, con el juez Holden, el mercenario de Meridiano de Sangre, considerada por muchos como la obra maestra del autor y ambientada también en la región fronteriza y sin ley que se extiende entre México y los Estados Unidos y que pareciera estar eternamente condenada a la violencia. Si en el siglo XIX eran matones como Holden los que hacían valer su fuerza conquistando el oeste y matando de paso a quien se cruzara en su camino. Hoy son los cárteles de la droga quienes se enseñorean de esos territorios y los convierten en auténticos meridianos de sangre, cuando no lo son también policíacas y militares o las agencias como la DEA, que bajo su mantito de legalidad esconden intereses tan mercenarios y obscenos como los de Pandilla de Glanton, la organización criminal que empleaba a Holden como genocida profesional.

Algo que desde el principio llamó mi atención respecto a McCarthy es que él no era originario de la región sobre la que escribió. Nacido en una familia hiberno-católica de Rhode Island, el trabajo de su padre lo llevó desde la infancia al sur profundo, específicamente a Tennessee. Si nos atenemos a lo que dice su artículo de Wikipedia, así como las escuetas entrevistas que concedió en vida, fue en este lugar en donde se hizo escritor. Sus primeras novelas, que escribió alrededor de los treinta años, están, de hecho, ambientadas en esta zona. Pero algo pasó en su vida, o en su carrera, que lo sacó de los pantanos del bible-belt y lo empujó un poco más al oeste, a la región fronteriza. Desde la década de los setenta, la mayor parte de la obra de McCarthy comenzó a transcurrir en ahí y adoptó las características del western. No abandonó del todo, sin embargo, las ambientaciones en escenarios distintos. Ejemplos muy claros de esto son su obra de teatro “The sunset limited”, donde un profesor ateo es salvado del suicidio por un evangelista afroamericano en el Puente de Brooklyn, y su novela exitosa más reciente, “La carretera”, un thriller distópico donde, como le gusta a McCarthy, la vida y la muerte se encuentran cara a cara.

Ambas obras fueron llevadas al cine. The Sunset Limited, por Tommy Lee Jones y La Carretera por John Hillcoat. La primera la vi también con Óscar y fue una absoluta voladura de cabeza. Durante una hora y media y con guion del propio McCarthy, Tommy Lee Jones enarbola una serie de argumentos filosóficos, morales y religiosos para poner a sus personajes a discutir sobre tópicos como la existencia de Dios y el sentido del sufrimiento humano. La vimos también llenos de marihuana y no dejó espacio para la imaginación. Lejos de ofrecer consuelos o tender haces de esperanza al horizonte, McCarthy enarbola la incertidumbre absoluta. Te deja hecho un témpano. Decía Kafka que la buena literatura es, precisamente, un hacha que rompe un hielo. McCarthy era de una opinión parecida. De manera muy similar a ese otro gran excéntrico que fue Juan Rulfo, sostuvo en reiteradas ocasiones que la única literatura que le interesaba era la que concernía a la vida y la muerte (Rulfo añadió a la lista el amor, pero ¿Qué es el amor sino la síntesis de las otras dos?). No sé, a ciencia cierta, e ignoro si sea posible saberlo, de dónde le venía a McCarthy esta vena vitalista. Su condición de irlandés podría indicarnos un camino. Hay algo en la historia de ese pueblo, vapuleado hasta el cansancio por los ingleses y obligado a desplazarse a América en medio de una de las mayores hambrunas de la Europa moderna, que lo hace aferrarse a la vida, a la tierra. Si nos atenemos a que su nombre de bautizo era Charles y adoptó el muy celta “Cormac” solo en la edad adulta, encontramos que la pista podría no ir tan desencaminada. Su sangre irlandesa se encontró a gusto entre el salvajismo del sur y aún más entre el de la región fronteriza, donde falleció, casi de noventa años, un bastante caluroso martes 13.

Mientras escribo este texto, la arena en las inmediaciones de Santa Fe debería estar aún caliente tras soportar todo el día la inmisericorde lamida del sol. Cormac McCarthy, por otra parte, averigua, o no, por fin, si los dolores del mundo, el mal que aparece tan de repente como el ladrón que viene en la noche, tienen algún sentido último. En cierta manera, podríamos decir que McCarthy es el reverso perfecto de otra magnífica escritora estadounidense con raíces en Irlanda. Mientras que Flannery O’Connor deja entrever en sus cuentos atisbos de la gracia, siempre presta para salvar a los hombres de la perdición, McCarthy parece mostrar más bien la antigracia, una rendija infernal desde donde se cuela la desesperación absoluta. El hombre que me llevó a Cormac McCarthy era también gran lector de Howard Phillips Lovecraft. Ambos autores, al final del día, tenían el ojo puesto en el mal, no como cree el catolicismo, sino como aquello que está más allá de toda comprensión. Una manifestación de Dios en tanto este es también su ausencia. Una teología maldita.

Que donde quiera que esté, Cormac McCarthy pueda descansar en paz.

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Sobre lx autorx

(Aguascalientes, 1991) Es poeta y narradora. Escribió Energía Potencial (Montea, 2016). Actualmente, trabaja en un poemario mientras llena su cuerpo de hormonas para ver si, de una buena vez, se vuelve pollo…

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