El feminismo incendiario de Dahlia de la Cerda 

De mirada desconfiada, pero no tímida, la escritora feminista Dahlia de la Cerda, mira a su alrededor. Busca algo, un punto que la sostenga o quizá el próximo golpe. En su trayectoria como activista, ha recibido demasiados, no siempre de la derecha, omnipotente en la ciudad que la vio nacer, sino también de la izquierda y hasta de los feminismos. 

Su figura menuda y pequeña, su piel blanca, de tonos rosas, como la de los rancheros de Jalisco a quienes lleva en la sangre, podrían generar una impresión equivoca. Dahlia no es una chica indefensa, sino una “mujer muy macha” como lo dice en su libro “Desde los Zulos”, una colección de ensayos recientemente editada por Sexto Piso y donde da cuenta de la necesidad de un feminismo capaz de abandonar las torres de marfil. Tampoco es una “whitexican”, es decir, una burguesa. En Aguascalientes, de donde es originaria, la mitad de la población es güera y entre esos güeros, abundan los pobres; campesinos de Jalisco y Zacatecas que se instalaron en la ciudad más cercana y cuya sangre española y terrateniente es más un recuerdo que se pudre en la leyenda que una realidad concreta a la que aún puedan suscribirse.

Es esta gente ranchera, pronta para la pelea de gallos, la que ha fundado los barrios periféricos de la que hoy es una ciudad industrial con un gran futuro económico, pero también, la capital mexicana del suicidio, un foco para el consumo de cristal y además, uno de los estados puntero en cuanto a embarazo adolescente. Sin embargo, Dahlia aborda estas realidades sin el “espanto” que producen entre las poblaciones burguesas. Es por eso, precisamente, que se decidió a escribir “Desde los Zulos” un libro que da testimonio sobre crecer en el barrio, pero también, sobre asumirse feminista en un entorno que poco tiene que ver con el mundo de la academia, y de las vacas sagradas.

Se trata de un libro escrito en lenguaje llano, en el que no faltan referencias a la cultura popular, el regional mexicano y la violencia que se vive en la periferia. Sin embargo, no es una exotización, todo lo contrario, las anécdotas presentes ahí, en formato de memorias, son totalmente reales, pues la autora las vivió en carne propia. Feminicidios, violencia e incluso los tentáculos del crimen organizado, salpican las páginas de “Desde los Zulos”, pero lo hacen sin melodrama, ni victimismo. La también autora de “Perras de Reserva”, que ganó el premio vehgfrg en ascwkdvf, se considera todo menos una víctima. No le agrada, de hecho que las situaciones duras tan comunes en nuestro país se asuman desde esa posición.

Tampoco es complaciente con las ideologías ni las militancias consagradas. En uno de los capítulos más significativos, Dahlia invita a desconfiar de quienes juzgan a quien se acerca a la actividad artística con la intención de hacer dinero. Nada hay más fácil que satanizar el lucro y proponer modos de vida franciscanos cuando se tiene la panza llena. En un repaso que aborda tanto su salud mental, como su infancia en los barrios de Aguascalientes, visitando toquines punks y picaderos, hasta llegar a la edad adulta, con la militancia y posterior desencuentro con el feminismo, Dahlia escarba un agujero, un “zulo”, con su propia sangre para escapar de todas estas jaulas, la de la violencia, la de la militancia inconsciente y sobre todo, la del clasismo y construirse una voz propia en un país donde tener cuarto es un lujo ¿Quién querría un cuarto propio -pareciera pensar Dahlia- cuando podría tener la calle? ¿Quién quisiera ser señora respetable, llena de miedo, una princesa enjaulada cuando puede ser chola digna y más adelante, una doñita llena de vida y sobre todo, de libertad?

Ernesto Martínez en vivo

El creador de la micro-ritmia llenará la CCC con los mejores sonidos experimentales. Una noche llena de ecos y murmullos para transformar emociones en música.

Chinoy, sonidos de Chile en Querétaro

Chinoy habla lento, como creo que hablan los chilenos, aunque no he ido a Chile y solo he escuchado a Roberto Bolaño en YouTube. Mueve la cabeza despacio como si su mentón guiará cada silaba ¿un gesto por mantener el ritmo como músico y poeta o solo especulación mía? Lo que es cierto, es que ofrece la mano y un abrazo y le dice a todos hermano. Su felicidad se contagia y la gente se siente querida.

La Central de Cultura Compartida, o CCC para quienes la habitan, invitó al cantautor chileno Mauricio Enrique Castillo Moya, mejor conocido en Spotify como Chinoy, durante su gira en Antología Imaginaria, ciclo de canciones de trova que se acompañan con su libro de poesía, una antología que comparte nombre con la gira y que reúne lo mejor de su obra.

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La alegría de Chinoy era clara, uno llegaba a la CCC y él conversaba, pedía que le sacaran fotos y abrazaba a sus hermanos tomándose selfies, hubo uno que hasta lloró y durante todo el concierto, muy intimo por cierto, no dejó de tocar una batería imaginaria marcándole el ritmo a su ídolo. En momentos, como esos, pensaba, Chinoy toca para él o acaso este fan tocaba para Chinoy.

El concierto inició con la participación de Jorge Lux, amigo de Chinoy que en cada canción transmitió una rebeldía que yo no sentía desde la adolescencia; su voz un poco rasposa decía, en aliteraciones, te quiero, te quiero, con esa furia que solo podían sentir los amantes y los latinoamericanos. Uno se sentía protegido por las canciones de Jorge Lux que fomentaban el juego al escuchar las estrofas más fuertes que aferraban a los espectadores a la impaciencia de sentirse vivos con cada cerveza.

Cuando al fin Chinoy pasó al escenario de piedra, la gente se acercó a él, sacaron sus celulares, empezaron a grabar, a compartir en Instagram y Tik Tok y con esa voz electrizante de chileno que creció en la costa, cantó, con una velocidad que solo entendía su mano que tocaba y raspaba la guitarra y tras un descanso y un trago de su cerveza, un poema. La poesía de Chinoy reflexionó sobre semana santa, San Antonio, su abuela, su viaje a Nuevo León, su estancia en Valparaíso. Su obra se presentaba como una cartografía a la memoria, la amistad, el amor y los viajes, en los que con cada verso me hacía pensar en los Detectives Salvajes y en cómo los chilenos pueblan el mundo con sus travesías.

Chinoy, con la sensibilidad que tiene como poeta, invitó al escenario a Horacio Warpola para que, mientras él tocaba con su guitarra, el poeta queretano recitara su poema Sup, un juego de suposiciones donde un hombre inmune al amoniaco puede tener contacto con los ángeles y con dios en suposiciones que pasan en la cotidianidad. La química entre ellos era notoria, pues, entre la improvisada guitarra y la voz de Horacio Warpola, se creó un performance irrepetible en donde los dos extremos de Latinoamérica se conjugaron en 4 minutos de poesía.

Chinoy agradeció la presencia de Horacio Warpola y de los queretanos que disfrutaban de sus trovas, asegurando que si pudiera se lanzaría de un segundo piso directamente a una piscina por ellos. También dijo que esta alegría que estaban viviendo era irrepetible, que tal vez sería el escenario ideal de otro poema, uno que siguiera marcando la cartografía de la obra de Chinoy.

Compartiendo su música con todos, Chinoy volvió a invitar al escenario a Jorge Lux para que tocarán juntos y enseguida a Lucero Van Dick, quienes transmitieron la misma alegría que Chinoy. La idea era clara, más que un concierto, era un grupo de amigos que compartían música y se alegraban de estar juntos, de acompañarse y rebelarse entre canciones y estrofas que nos hacían recordar a los espectadores la melancolía de mejores tiempos.

Cierro esta reflexión con una canción y un poema, la canción es Clara y el poema habla sobre la abuela de Chinoy. Es asombroso cómo el chileno vincula ese cariño maternal y femenino en ambas mujeres, una que comparte su sangre y otra que quisiera que la compartiera. Eso debe de ser el amor, permitir que la sangre sea más que un código genético que compartimos, algo que nos conecta, como la música.

Norcorea en México

¿Qué tiene que ver Corea del Norte con Sarajevo? Más aún ¿Qué tienen que ver estos dos lugares, uno en Bosnia, otro en el este de Asia, con México? La respuesta, según la última novela de Rubén Cantor, es que tienen que ver todo. En Norcorea, así se llama este libro, la acción transcurre en un tranquilo pueblo de una calle que comparte nombre con la capital de Bosnia Herzegovina, aunque se encuentra situado en alguna región de México cuya ubicación exacta nunca queda clara. En un inicio, la novela se presenta como policíaca, pero esto es engañoso. La novela de Rubén Cantor no pretende esclarecer ningún crimen. Por el contrario, lo oculta cada vez más hasta dejarlo sepultado en medio de la farsa. Hay detectives en la novela, eso es verdad, pero la mayoría de los personajes, están mucho más preocupados por la forma que por el fondo de las cosas. Así, tenemos que en lugar de resolver los crímenes, a estos agentes de ministerio público, por lo demás bastante mexicanos, lo que les preocupa es la tipografía en los memos que deben llenar para justificar sus investigaciones. La investigación, es decir, el fondo, queda olvidada bajo la tipografía. El propio arranque policíaco de la novela: La muerte de un obrero en una fábrica de Volkswagen, pasa pronto al terreno de la farsa cuando los periódicos distorsionan cada día la noticia hasta convertir la tragedia en burla. 

Es aquí donde Aparece Apolinar Malo, hijo de Pavel Malo, el obrero asesinado en la planta automotriz. Apolinar, maestro de Sarajevo de Juárez, busca encontrar la verdad sobre lo que sucedió con su padre. En el proceso, le ocurren bastantes, se hace socio, para empezar, de una franquicia restaurantera cuyos dueños, sin que él lo sepa, están relacionados con la muerte de su progenitor y, además, buscan una tapadera para que los norcoreanos invadan el pueblo, que tiene una ubicación privilegiada para colocar misiles que amenacen a los Estados Unidos. De aquí en adelante todo se torna en un pandemonio en el que no faltan brujas, niños que toman peyote y caballos con nombres de becas culturales. El asunto de los niños y el peyote, que reciben de mano del propio profesor Malo, es importante en tanto abre la novela a la dimensión sobrenatural, un elemento importante dentro de la misma que le confiere además su característica de novela gnóstica. Los mexicanos con nombres eslavos que pueblan este libro buscan una realidad por encima de sí mismos. Saben que habitan un mundo fársico y el humor en el que se desenvuelven, evidente para el lector, no siempre para ellos y además deudor del mejor Jorge Ibarguengoitia, es en realidad un velo que tiene que desprenderse para que salga a la luz la tragedia que en realidad narra el libro y que además abre paso a la redención de todos los personajes.

Con un tejido narrativo digo de un Thomas Pynchon, Cantor construye un universo inteligente en el que la comedia y la farsa ocultan el verdadero sentido trágico de la realidad. Esto la hace además una novela fuertemente humana cuyos personajes intentan a toda costa dejar de ser los payasos del lector sin perder por ello, por ejemplo, ciertas expresiones y momentos de ternura, encarnados sobre todo en lxs niñxs de Sarajevo de Juárez, quienes se convierten en los verdaderos héroes en un desenlace casi nietzscheano en tanto llega, justamente, de la mano de los niños, siempre creativos y destructivos también. La novela, por suepuesto, tiene guiños a la realidad política mexicana. La impunidad, el abuso de poder y las violaciones a los derechos humanos son moneda corriente en esta narración, solo que se cuentan de una forma amena que pareciera ocultar lo que ocurre, aunque no es así, pues como ya señalamos, lo que Rubén Cantor pretende es justamente demostrar como los propios perpetradores del horror, son al final quienes buscan convertir en circo sus fechorías con el objeto de banalizar las consecuencias.

Se trata, en suma, de una novela en la mejor tradición posmoderna escrita además desde las entrañas del Bajío.