El hechizo industrial de Leonora Postpunk

Leonora Post Punk, como su nombre lo dice, es un grupo influenciado por el punk clásico, que busca expresar el romanticismo gótico en sus letras, llenas de coros palpitantes y listos para sacudir el alma de quien los escuche.

El proyecto nació en Los Mochis, Sinaloa, durante la pandemia de la COVID-19, y la convocatoria que tuvieron en la Central de Cultura Compartida en Querétaro, muestra que el encierro logró congregar nuevamente a los fans quienes, apenas tuvieron la oportunidad, formaron una multitud llena de ruido y punk. Esta es la segunda vez que esta agrupación viene a Querétaro, en este caso, como parte de una gira que comprende otras ciudades como Puebla, Guadalajara, Pachuca, CDMX y Toluca, el corazón del país, trayendo gozo sus fans, jóvenes entre 18 y 25 años vestidos de negro y con estoperoles, como si estuviéramos en el Manchester de los setenta.

El concierto inició con la apertura de Red Witch, una dj que lanzó conjuros con música electrónica, permitiéndose ser la hechicera del centro de la noche, mientras que, sobre su tornamesa, movía las manos bajo una luz neón púrpura que hacía que todos bailaran, sobre su mismo sitio, moviendo el cuerpo de un extremo a otro como un metrónomo.

El segundo en aparecer fue Jorge Sánchez, él dijo que el set, también de música electrónica, estaba hecho principalmente para Leonora Post Punk, creando una cadena de sucesos, entre su música y la melancolía de la banda. A diferencia de Red Witch, Jorge cantó en inglés durante varias de sus mezclas, incitando el baile, en donde los espectadores empezaron a moverse de un lado a otro, al fin despegando sus pies.

Cuando Leonora Post Punk subió al escenario, cambió la luz, todo se iluminó para enfocar, en esos rostros maquillados, el agradecimiento que sentían de estar nuevamente en Querétaro. Abrieron el concierto con su canción “Bailo” y ahora sí, los punks bailaron, de un lado otro, fumando y tomando sus cervezas mientras saltaban y coreaban al mismo tiempo que el vocalista. La aflicción de ser vulnerable, de entregarse un momento al humo y al alcohol.

La guitarra de Leonora Post Punk transmitía una electricidad que se movía entre los miembros de la banda quienes, en privado antes del concierto, me confesaron que aún no se la creían que hubiera fans que estaba ahí para escucharlos y que se sentían reflejados por su música y que se formaban para tomarse fotos con ellos. Y así el bajo de la banda hacía que nuestros corazones se sincronizaran en un solo sonido, la música.

Personalmente, mi momento favorito fue cuando Leonora Post Punk tocó un cover de Juan Gabriel, Amor eterno, en el que transmitieron la pérdida convertida en nostalgia. También revelaron un nuevo tape, “Perro”, donde citaban que eran perros con cadenas invisibles. Y los punks que se reunieron en la Central de Cultura Compartida, se alegraron de las primicias de la banda, de ser parte de ese momento único que quedaría perfecto con su canción “Polvo” donde muestran lo efímero y trascendental. Su última canción fue “No te vayas”, que de forma irónica, decía: detente, te lo ruego, lo siento, lo siento, quédate, quédate. Solo para despedirse de Querétaro, mientras todos pedían otra más.

Chinoy, sonidos de Chile en Querétaro

Chinoy habla lento, como creo que hablan los chilenos, aunque no he ido a Chile y solo he escuchado a Roberto Bolaño en YouTube. Mueve la cabeza despacio como si su mentón guiará cada silaba ¿un gesto por mantener el ritmo como músico y poeta o solo especulación mía? Lo que es cierto, es que ofrece la mano y un abrazo y le dice a todos hermano. Su felicidad se contagia y la gente se siente querida.

La Central de Cultura Compartida, o CCC para quienes la habitan, invitó al cantautor chileno Mauricio Enrique Castillo Moya, mejor conocido en Spotify como Chinoy, durante su gira en Antología Imaginaria, ciclo de canciones de trova que se acompañan con su libro de poesía, una antología que comparte nombre con la gira y que reúne lo mejor de su obra.

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La alegría de Chinoy era clara, uno llegaba a la CCC y él conversaba, pedía que le sacaran fotos y abrazaba a sus hermanos tomándose selfies, hubo uno que hasta lloró y durante todo el concierto, muy intimo por cierto, no dejó de tocar una batería imaginaria marcándole el ritmo a su ídolo. En momentos, como esos, pensaba, Chinoy toca para él o acaso este fan tocaba para Chinoy.

El concierto inició con la participación de Jorge Lux, amigo de Chinoy que en cada canción transmitió una rebeldía que yo no sentía desde la adolescencia; su voz un poco rasposa decía, en aliteraciones, te quiero, te quiero, con esa furia que solo podían sentir los amantes y los latinoamericanos. Uno se sentía protegido por las canciones de Jorge Lux que fomentaban el juego al escuchar las estrofas más fuertes que aferraban a los espectadores a la impaciencia de sentirse vivos con cada cerveza.

Cuando al fin Chinoy pasó al escenario de piedra, la gente se acercó a él, sacaron sus celulares, empezaron a grabar, a compartir en Instagram y Tik Tok y con esa voz electrizante de chileno que creció en la costa, cantó, con una velocidad que solo entendía su mano que tocaba y raspaba la guitarra y tras un descanso y un trago de su cerveza, un poema. La poesía de Chinoy reflexionó sobre semana santa, San Antonio, su abuela, su viaje a Nuevo León, su estancia en Valparaíso. Su obra se presentaba como una cartografía a la memoria, la amistad, el amor y los viajes, en los que con cada verso me hacía pensar en los Detectives Salvajes y en cómo los chilenos pueblan el mundo con sus travesías.

Chinoy, con la sensibilidad que tiene como poeta, invitó al escenario a Horacio Warpola para que, mientras él tocaba con su guitarra, el poeta queretano recitara su poema Sup, un juego de suposiciones donde un hombre inmune al amoniaco puede tener contacto con los ángeles y con dios en suposiciones que pasan en la cotidianidad. La química entre ellos era notoria, pues, entre la improvisada guitarra y la voz de Horacio Warpola, se creó un performance irrepetible en donde los dos extremos de Latinoamérica se conjugaron en 4 minutos de poesía.

Chinoy agradeció la presencia de Horacio Warpola y de los queretanos que disfrutaban de sus trovas, asegurando que si pudiera se lanzaría de un segundo piso directamente a una piscina por ellos. También dijo que esta alegría que estaban viviendo era irrepetible, que tal vez sería el escenario ideal de otro poema, uno que siguiera marcando la cartografía de la obra de Chinoy.

Compartiendo su música con todos, Chinoy volvió a invitar al escenario a Jorge Lux para que tocarán juntos y enseguida a Lucero Van Dick, quienes transmitieron la misma alegría que Chinoy. La idea era clara, más que un concierto, era un grupo de amigos que compartían música y se alegraban de estar juntos, de acompañarse y rebelarse entre canciones y estrofas que nos hacían recordar a los espectadores la melancolía de mejores tiempos.

Cierro esta reflexión con una canción y un poema, la canción es Clara y el poema habla sobre la abuela de Chinoy. Es asombroso cómo el chileno vincula ese cariño maternal y femenino en ambas mujeres, una que comparte su sangre y otra que quisiera que la compartiera. Eso debe de ser el amor, permitir que la sangre sea más que un código genético que compartimos, algo que nos conecta, como la música.