Mundos que arden antes de nacer

La poesía no se limita a las páginas impresas; es un juego de creación que involucra al lector o espectador, a veces transformándose, según Laurie Anderson, en un deporte extremo, un acto de resistencia que se nutre de vivencias, adaptándose y buscando reflejarse en otros.

Un ejemplo de esto tuvo lugar en la Central de Cultura Compartida (CCC), donde las poetas Anaité Ancira y Martha Mega no solo recitaron sus poemas, sino que los encarnaron. Con un monólogo lleno de humor, Anaité exploró su experiencia en el amor a los 40 años. Desde su divorcio hasta sus ligues digitales, mencionando como el algoritmo tiene el poder de acortar, gracias a los memes, las nudes y los poemas, 10 mil kilómetros que la separaban de su amante.

Sentada sobre un paquete de papel de baño de Costco, mencionó que durante su divorcio requirió cantidades industriales de papel para llorar, porque la vida no se ajusta a las expectativas; pero es ahí donde radica su riqueza, hasta el propio papel de baño, ya sea el de Costco o cualquier otro, tiene múltiples usos, que van desde limpiar el culo hasta escribir. Como dijo Sylvia Plath, la independencia surge en la búsqueda de autenticidad, pero ¿cómo lograrlo si estamos inmersos en un mundo donde desayunamos, comemos y cenamos memes?

La poesía no se limita a la realidad tangible. Alcanza lo astral, conectándose con el arte. La presentación de Martha Mega se conectó con el más allá; al utilizar el collar de coral rojo de su difunta tía Susana, presentó “Bibliomancia”. En este acto, el público hizo preguntas que Martha respondió escogiendo versos al azar de sus poemarios, guiada por la energía de su tía, porque los poemas son como niños que encienden fuego al mundo para verlo arder, un mundo que ya ardía desde antes de que nacieran.

Martha y Anaité interactuaron con objetos a la manera de Marina Abramovic, quien interactuaba con el público y los objetos en sus performances, buscando que cada reacción fuera única y cada presentación irrepetible. Martha, con un collar de coral rojo que perteneció a su tía difunta, y Anaité, con un simple papel de baño, fusionando el humor, la cultura pop y llegando al extremo de reescribir canciones clásicas como “Señora de las 4 décadas” para convertirla en “Señoro de las 4 décadas”, y en la reinterpretación del mito de Orfeo como un rockstar.

La poesía de ellas es un acto reactivo frente a la propia descomposición, sin caer en adornos superfluos, es la vida como es y cómo es la poesía.

Cucarachas y protocyborgs a cuatro manos

A mediados de junio de 2023, tuve la oportunidad de ir a París. Durante dos semanas me dediqué a conocer museos y exposiciones; La exposición “Andy Warhol x Jean Michel Basquiat à quatre mains” en la Fundación Louis Vuitton significó muchísimo para mí. En ella, se retrataba la amistad de los artistas a través de piezas que trabajaron en conjunto, creando un lenguaje pictórico a partir de su vínculo. Creo que lo más valioso que me ha dado la literatura son mis amigxs y las pláticas que he tenido con ellxs.

De regreso a Querétaro, México, me invitaron a asistir a la presentación de los libros “Cucarachas” de Víctor Santana y “300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico”, de Horacio Warpola. Ambas presentaciones tuvieron lugar durante la misma tarde y su escenario fue la Casa de la Contra Cultura (CCC). Como lo hicieran en su momento Warhol y Jean Michel Basquiat y absolutamente envueltos en el neón de la CCC, Santana y Warpola hablaron sobre sus libros, como si estos tuvieran vida propia y conversaran entre ellos.

Más que una presentación, fue una charla en la que el público pudo experimentar de cerca la amistad que llevan ambos autores. Santana, quien vivió varios años en Querétaro, antes de irse a Ciudad de México, conoció a Horacio Warpola al que llamó un “tecno-chamán”, y ambos cultivaron su amistad gracias a las novelas enciclopédicas y a William T. Vollman.

Fueron novelas como las de Vollman, universos complejos, totalizadores, las que pusieron a Víctor Santana en la senda de “Cucarachas”, una novela ambientada en Mazatlán durante la pandemia de la COVID-19 que habla sobre cucarachas extraterrestres con la intención de estafar a un cartel de narcotráfico. En la novela hay de todo: sexo, drogas, homosexualidad, narcotráfico, internet, pornografía y extraterrestres. Estos fenómenos se abordan desde la perspectiva de cada uno de los personajes -humanos, insectos y droides- en una macro historia que, afirmó Víctor Santana, buscaba que fuera mínima por su necesidad de tener el grado cero de la escritura en su obra.

Warpola también abordó lo mínimo de la escritura a través de sus 300 versos. Explicó que el poemario, impreso por primera vez en México en un tiraje artesanal gracias a Gold Rain, nació de una travesura. Revisando una convocatoria de poesía en España, notó que le pedían un mínimo de 300 versos; a partir de ahí, creó su poemario que con cada lectura cambia, pues a pesar de que los versos estén enumerados, Horacio Warpola lo lee en el orden que desee, aprovechando que el libro es una gran estrofa con un centenar de versos qué elegir, como si tirara una corrida de tarot.

Víctor Santana, con una gran trayectoria en medios de comunicación, ha admitido que los Simpson son para él un referente cultural más grande que Charles Dickens. Su gusto por las noticias y las series de televisión encuentra su hogar en su novela que, según Reporte Índigo, está inspirado en el periodismo gonzo y en las sitcoms, siendo una parodia del narco, explorándolo de una forma que la literatura mexicana contemporánea no ha abordado.

“Lo que yo quería era hacer una novela de cucarachas del espacio que, aunque sabía que era extremadamente ridículo y me enfrentaba a esa dificultad, también incluye cosas medio dramáticas o tristes”, dijo Víctor Santana para Reporte Índigo.

Y sobre el trabajo de Warpola, Noel René Cisneros escribió para Tierra Adentro: “300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico es una búsqueda de la perplejidad, recuerda a ciertas prácticas religiosas, místicas, que se han ejercido no solo en el ámbito de las religiones abrahámicas, sino de otras latitudes, como en el Oriente; lo cual se ve de manifiesto desde los primeros versos, ahí está el número 8 que dice: Este verso se divide en dogma y ritual, pero también en el verso 213: Este verso recurre al poder del internet para argumentar su condición desde un punto de vista teológico.”

Es innegable que tanto Víctor Santana como Horacio Warpola buscaban en sus respectivos libros llegar al extremo de la mística emocional de las cucarachas extraterrestres y de los prototipos cyborgs orgánicos, en donde la literatura, además de un vínculo entre amigxs, hace que las palabras rompan los paradigmas de un realismo sobrecogedor. Verlos hablar mutuamente de sus libros me recordó a lo que dijo Jean Michel Basquiat cuando trabajó con Andy Warhol: “Andy empezaba un cuadro y le ponía algo muy reconocible o el logotipo de un producto, y luego yo lo desfiguraba. Después intentaba que él trabajara un poco más en ello, intentaba que hiciera, al menos, otras dos cosas”.

Desde mi perspectiva como escritor, ver a artistas hablar sobre su búsqueda estética, me recuerda que la literatura necesita valor, no para afrontar el rechazo de una publicación o el fallo de un concurso, sino para construir lo que la imaginación pida, pues bien lo explicó Horacio Warpola: “Varios de estos versos también fueron tomados, extraídos de otros textos, intervenidos y cortados deliberadamente, eso provocó que se fueran formando paisajes cercanos a un collage donde el éxtasis, lo sagrado, lo cómico y lo tecnológico, se fueran adaptando a una sola capa de realidad”.

El Grizzly debe morir

Un torbellino caliente se apoderó de Querétaro, una efervescencia contracultural que se manifestó en la celebración de una lectura de poesía dentro de la CCC.

Los poetas tomaron el micrófono y dejaron escapar sus versos como abejas disparadas al hipotálamo de la soledad, la ira y el miedo. Sus palabras resonaron en gritos desgarradores, desafiando al mundo, haciéndolo temblar.

En ese jardín, bañado por la luz del atardecer y por destellos de colores que jugaban con los rostros. Los celulares, la herramienta de esta era, permitieron a los poetas conectar con una generación que construye todos sus vínculos en Internet. La poesía, llena de tonos y referencias digitales, se erigió como un grito de protesta, una muestra de que va más allá de rimas dulces y bellas palabras.

Desde Ciudad de México hasta Querétaro y Guanajuato, los nombres de los poetas resonaron: Darío González, Zauriel Martínez, Nadia Bernal, Oliveira Macías, Emmanuel Vizcaya, Román Luján, Dafne Martínez, Alexa Palacios, Horacio Warpola, Javier Pacheco, Mar Llamas y Timmy Carrillo. Cada uno de ellos, un arquitecto de trips.

Fue una catarsis colectiva de poesía y rebeldía. Los versos se convirtieron en latidos, las palabras en fuego. La lectura de poesía en la CCC fue una oda a la libertad, un recordatorio de que la expresión artística no se detiene ante las barreras impuestas por el sistema. En aquel jardín, en aquel instante efímero pero eterno.

La CCC, como un faro de contracultura, sigue siendo un refugio para aquellos que buscan explorar el arte sin ataduras. Es un lugar donde la creatividad fluye sin restricciones y donde las palabras se convierten en una poderosa arma de expresión. La noche del 14 de junio quedará marcada en la memoria de quienes estuvieron allí, como una muestra vibrante de la vitalidad y la pasión de la escena poética underground.

La poesía, en todas sus vertientes, nos recuerda que no estamos solos en nuestras luchas internas. Los poetas nos invitan a adentrarnos en las profundidades de la condición humana y a confrontar nuestras propias emociones y temores. En cada palabra pronunciada, se crea un vínculo que nos une.

Chinoy, sonidos de Chile en Querétaro

Chinoy habla lento, como creo que hablan los chilenos, aunque no he ido a Chile y solo he escuchado a Roberto Bolaño en YouTube. Mueve la cabeza despacio como si su mentón guiará cada silaba ¿un gesto por mantener el ritmo como músico y poeta o solo especulación mía? Lo que es cierto, es que ofrece la mano y un abrazo y le dice a todos hermano. Su felicidad se contagia y la gente se siente querida.

La Central de Cultura Compartida, o CCC para quienes la habitan, invitó al cantautor chileno Mauricio Enrique Castillo Moya, mejor conocido en Spotify como Chinoy, durante su gira en Antología Imaginaria, ciclo de canciones de trova que se acompañan con su libro de poesía, una antología que comparte nombre con la gira y que reúne lo mejor de su obra.

Divider Image

La alegría de Chinoy era clara, uno llegaba a la CCC y él conversaba, pedía que le sacaran fotos y abrazaba a sus hermanos tomándose selfies, hubo uno que hasta lloró y durante todo el concierto, muy intimo por cierto, no dejó de tocar una batería imaginaria marcándole el ritmo a su ídolo. En momentos, como esos, pensaba, Chinoy toca para él o acaso este fan tocaba para Chinoy.

El concierto inició con la participación de Jorge Lux, amigo de Chinoy que en cada canción transmitió una rebeldía que yo no sentía desde la adolescencia; su voz un poco rasposa decía, en aliteraciones, te quiero, te quiero, con esa furia que solo podían sentir los amantes y los latinoamericanos. Uno se sentía protegido por las canciones de Jorge Lux que fomentaban el juego al escuchar las estrofas más fuertes que aferraban a los espectadores a la impaciencia de sentirse vivos con cada cerveza.

Cuando al fin Chinoy pasó al escenario de piedra, la gente se acercó a él, sacaron sus celulares, empezaron a grabar, a compartir en Instagram y Tik Tok y con esa voz electrizante de chileno que creció en la costa, cantó, con una velocidad que solo entendía su mano que tocaba y raspaba la guitarra y tras un descanso y un trago de su cerveza, un poema. La poesía de Chinoy reflexionó sobre semana santa, San Antonio, su abuela, su viaje a Nuevo León, su estancia en Valparaíso. Su obra se presentaba como una cartografía a la memoria, la amistad, el amor y los viajes, en los que con cada verso me hacía pensar en los Detectives Salvajes y en cómo los chilenos pueblan el mundo con sus travesías.

Chinoy, con la sensibilidad que tiene como poeta, invitó al escenario a Horacio Warpola para que, mientras él tocaba con su guitarra, el poeta queretano recitara su poema Sup, un juego de suposiciones donde un hombre inmune al amoniaco puede tener contacto con los ángeles y con dios en suposiciones que pasan en la cotidianidad. La química entre ellos era notoria, pues, entre la improvisada guitarra y la voz de Horacio Warpola, se creó un performance irrepetible en donde los dos extremos de Latinoamérica se conjugaron en 4 minutos de poesía.

Chinoy agradeció la presencia de Horacio Warpola y de los queretanos que disfrutaban de sus trovas, asegurando que si pudiera se lanzaría de un segundo piso directamente a una piscina por ellos. También dijo que esta alegría que estaban viviendo era irrepetible, que tal vez sería el escenario ideal de otro poema, uno que siguiera marcando la cartografía de la obra de Chinoy.

Compartiendo su música con todos, Chinoy volvió a invitar al escenario a Jorge Lux para que tocarán juntos y enseguida a Lucero Van Dick, quienes transmitieron la misma alegría que Chinoy. La idea era clara, más que un concierto, era un grupo de amigos que compartían música y se alegraban de estar juntos, de acompañarse y rebelarse entre canciones y estrofas que nos hacían recordar a los espectadores la melancolía de mejores tiempos.

Cierro esta reflexión con una canción y un poema, la canción es Clara y el poema habla sobre la abuela de Chinoy. Es asombroso cómo el chileno vincula ese cariño maternal y femenino en ambas mujeres, una que comparte su sangre y otra que quisiera que la compartiera. Eso debe de ser el amor, permitir que la sangre sea más que un código genético que compartimos, algo que nos conecta, como la música.