Y retiemble en los zentros la tierra

Abro el libro. Algo se escucha a lo lejos. Un quiebre, un tambor, una explosión. De pronto nos invade la incertidumbre. Estamos, en menos de un segundo, en otro mundo. Hay algo de este nuevo mundo que reconozco. Pienso en NEO/GN/SYS, un libro de Emmanuel Vizcaya que también habité en su momento, aunque noto algunos cambios. Los años, pienso, no pasan en balde.

Si bien nos encontramos ante una atmósfera que Vizcaya domina y a la que llamaría (atreviéndome un poco a la reiteración) “la ciencia ficción de la desolación”, en Los Zentros esta atmósfera es trascendida por todas las ideas del amor, el miedo, la desolación y, en cierta medida, la acción y la contigua resignación de la manera en que el artefacto poético lo vive, no en lo que el propio artefacto construye. Apenas los primeros versos nos tienden un manifiesto que responde a la soledad que se desarrollará en
cada parte del libro de manera distinta:

  1. voy a construir mi propia religión
    con un dios que no pueda medirse
    un dios elemental

Si como escribió Ricardo Reis (ese desdoblamiento), nos encontramos bajo la leve tutela de dioses descuidados, el dios que se irá construyendo en Los Zentros irá más allá del leve descuido para no ser ni siquiera medido y en verdad ser elemental, tal vez cercano o pariente del dios de Spinoza.

El libro se encuentra dividido en tres partes: Pirámides, Atmósferas y Centrífugas; esta nueva y nada santa trinidad está conformada a su vez, cada una, por diez poemas que, a su vez, se dividen en números que oscilan entre un orden aparentemente normal (1,2,3,4) en Pirámides; que pasan por un juego de ida y vuelta, como polos de una atmósfera revolucionada (1,2,1,2) en Atmósferas, para terminar con una cuenta regresiva que nos irá despojando del aire que nos queda conforme avanza la secuencia final (9,8,7… 3,2,1,0), en Centrífugas. Y si bien Vizcaya es un cuidadoso del orden y la construcción de sus máquinas poéticas, otorga también la libertad de lectura dentro de este propio esquema secuencial y no secuencial. Es decir, podremos abrir el libro en cualquier parte y encontrarnos en ese mundo de inmediato.

Vizcaya sabe compartir su propio apocalipsis, su insolación y sus encrucijadas, su centro, y por eso en este libro conviven y le dan forma voces, homenajes y memorias como Gerardo Arana, Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Amiri Baraka, Horacio Warpola (quién realizó en Instagram stories su libro Carcass), Román Luján, Julio Inverso, Diego Espíritu y Reinaldo Arenas.

Estas palabras son apenas una pequeña brújula que trata de dar con el norte que es todo el viaje y la odisea presentada por Emmanuel Vizcaya que cierra (no pudiendo ser de otra manera) con un sacrificio:

a partir de ahora y hasta nuevo aviso
mi vida oscila entre las aspas ardientes
de una flor electrónica.

Algo se escucha a lo lejos. Una explosión que ha ocurrido a la distancia, y cuyas ondas no
tardarán en alcanzarnos.

POEMAS

> mapas

  1. sobre el blanco se trazan las grutas
    la revelación de un halo atravesando las nubes
    el armazón de la tierra
  2. no sé si son grietas o caudales por donde cruza la sangre
    no sé qué la alimenta
    pero crece como un animal de terminaciones nerviosas
  3. tu ausencia en el mapa es una construcción
    un trazado indefinible para replantear el mundo y revertirlo
    en el desdoblamiento de las calles una calle no es la misma si algo falta
    si tus pasos no la cruzan
  4. mapas al abrir las manos
    mapas en el movimiento místico del cuerpo
    mapas en el pensamiento que logró salir del laberinto
  5. de aquellas manos surgen erizadas raíces
    tensan su musculatura como las espinas
    no sospeché la insinuación de sus arterias
    ni su fuerza en los puños cerrados
    no distinguí sus curvas rasgando la carne
    hasta que se me abrieron como un pentagrama
  6. estoy edificándome en las circunstancias
    te estoy dando una forma
    tu silueta encuadra en mi suerte clandestina
    repaso una avenida construyéndome en ella
    dándole también tu nombre
  7. las cosas que se pierden no se pierden
    están en otro mapa
    tú me ayudas a leer los signos
    tú me ayudas a apropiarlos
    nos estamos resignificando
    somos otra cosa siempre
    un carnaval de espejos que reflejan la lumbre
    y los neones.

> núcleos

1. estoy en el cuarto de máquinas
ante los pistones y las bombas de adrenalina
frente al poder enigmático de las bestias de la desesperación

2. cuando embisten hacia los acantilados
son solamente hermosas en caída
no antes
no después
sino en el vuelo de sus huesos de plomo

1. en el mar innavegable de tan vasto
con sus vaivenes salvajes de ansiedad
se rompen los ciclos de su fuerza
se agitan las olas que son alas de vértigo
volcadas hacia la ruleta de las pesadillas

2. bestias encalladas en las estrellas sonámbulas
resistiendo el fatal embate de las aguas
en el silencio mineral
mientras llenan sus fauces de cadáveres
testigos del dolor en el torrente de los golpes

1. estos son los núcleos del miedo
rotan y rugen y en su revolución se inyectan de un aliento helado
son el centro de controles
generadores de ansia convertida en músculo
el nitrógeno que se derrama en las ondas del llanto
son la electricidad y el brazo opresivo del verdugo

2. pero los núcleos también concentran la vida
esa luz a goterones
y sin ellos no hay sino el silencio de los nervios desactivados

1. los núcleos buscan la preservación en su voltaje
son un eje para seguir en el camino y vivir
y no sufrir ahora y reservarnos

2. aún no sabemos del horror
al que nos vamos a enfrentar después.

> estigmas

5. esto es lo único que siento
mi contracción
la punta de mis nervios que se incendiarán como los árboles
el ardor de este vapor que indica que me estoy evaporando

5. no hay sino las marcas de mis brazos
no hay sino las gotas que caen de mis dedos y mi lengua
la imagen de la aurora que se funde en una cuenta regresiva
no hay sino lo único que siento

5. esto es lo único que tengo
alzo un puño y apretando fuerte digo que esto es lo único que tengo
luego cae de mi brazo como roca
y se hunde en la arenas movedizas

5. siempre hay un espacio para el aire
nunca está de más un grito
nunca está de más sentir el eco de las palabras volátiles
en mí está la sucesión de explosiones
la tos de astillas
tantas cosas sin nombre
tantos mínimos desiertos y la misma sensación de nada
ni de una sola gota de saliva

5. esto es lo único que siento
con la mano que me queda sobre el corazón
digo que esto es lo único que tengo
hablo ante la intensidad que pueda producir un latido
una cúspide metálica
hablo con la honestidad reseca de mi boca

5. no hay sino rutas cerradas
hondos y feroces taladros

hambrunas
la sed de la grava
y a lo lejos un sólo sonido descompuesto

5. éste es un lenguaje fracturado
estoy apenas aprendiendo a hablar.

Emmanuel Vizcaya, Los Zentros, Sindicato Sentimental, México, 2022.

Las malas que no fuimos

Dos cosas me hacen pensar que quizá este sea el mejor momento para ser una mujer trans en América Latina: El triunfo de Wendy Guevara, ícono de “las perdidas” en el más reciente Reality Show impulsado por Televisa y el furor, no tan mediático como el de Wendy, pero aun así lo suficientemente fuerte como para sacar del marasmo a toda mujer trans con pretensiones literarias, incluyendo, evidentemente, a la que escribe este texto, que ha desatado una narradora travesti argentina. Hablo, por supuesto, de Camila Sosa Villada quien, con su novela “Las Malas”, traducida ya a cinco idiomas y transformada en un verdadero fenómeno editorial en países como Suecia, se ha posicionado como una de las escritoras contemporáneas más destacadas en América Latina.

Desde el inicio, la novela te golpea, pero el golpe, que también es caricia, como suele suceder entre putas, es aún más fuerte, más ácido y más corrosivo, pero también más cálido y lleno de vida, cuando la lectora es trans. A grandes rasgos, sin ningún afán por spoilear, la novela nos sitúa frente a una jauría o manada bastante peculiar. Son un grupo de travestis, todas trabajadoras sexuales, todas más o menos rotas, enganchadas o la coca o al alcohol y siempre en alerta ante los peligros que el universo cisheteropatriarcal arroja sobre los cuerpos que no caben dentro de la norma.

Frente a la jauría hay una perra alfa: La Tía Encarna, quien a sus ciento setenta años no solo sigue puteando en el Parque Sarmiento de Córdoba, sino que además vela por la seguridad y el bienestar de todas esas travas que, junto a ella, entregan el cuerpo a la noche como una ofrenda al placer de los hombres y hacen de esta ofrenda su modo de vida. Para las travas del Parque Sarmiento, la Tía Encarna es madre, pero esta vocación materna solo cobrará forma tras descubrir, entre unos arbustos, al “Brillo de los Ojos”, un recién nacido abandonado en medio del invierno a quien -cagado y desnudo, cuál Marcelino Pan y Vino posmoderno- la Tía Encarna ofrece refugio en su guarida, una casa rosada (como la sede oficial del gobierno argentino) en la que las travas del parque se resguardan, como vampiros, de las terribles miradas diurnas que la gente “normal” o más bien “normativa”, arroja como armas contra sus frágiles cuerpos hinchados por el aceite de avión que se inyectan.

Mientras hace crecer al Brillo de los Ojos bajo el amparo de sus prohibidas hadas madrinas, la narradora de la novela, transunto autobiográfico de la propia Camila Sosa, nos habla sobre su infancia en un pueblo pequeño, su condición de maricón, primero, y travesti después, en la provincia rural argentina. Esta narrativa, engarzada con la breve biografía del Brillo y las correrías de las travestis en el Parque Sarmiento está llena de la violencia inevitable que supone una identidad trans en un continente como América Latina, donde a la hegemonía católica (o ahora evangélica en algunas regiones) siempre hostil hacia la diversidad sexo-genérica, hay que sumar también los prejuicios que produce vivir en medio de la miseria y la explotación.

En voz de su narradora, Camila habla de la violencia que habitó su cuerpo desde niña en aquella zona rural de la provincia de Córdoba, pero no lo hace desde el victimismo ni particulariza su situación. Por el contrario, al abordar la novela como un relato coral que involucra a todas las travas del Parque Sarmiento, Sosa Villada dota a su narrativa de una dimensión comunitaria en la que, por supuesto, tampoco puede faltar la reflexión de clase. Como bien ilustra el pasaje de las “Cuervas”, las travestis burguesitas que visitaban el parque para burlarse de las prostitutas y regodearse en su dizque superioridad, ni siquiera entre las travestis, o las trans, podríamos decir, existe la igualdad. Es justamente la clase lo que hace de unas, prostitutas sometidas a infinitas violencias y de otras, divas “closeteras”, eternamente encerradas por temor a perder los privilegios que como “varones” burgueses detentan.

Hay en camila todo una tradición de escritoras, algunas de ellas tristemente recordadas con el nombre de varón, pero que hicieron de las letras argentinas y sudamericanas todo un carnaval para las trans, y las travas, las putas, las locas, para las vestidas… para todos esos monstruos que no cabemos en la familia bonita con casa Geo y un golden retriever y dos carros e infinitas deudas para mantener el ciclo de consumo. Su obra ofrece guiños hacia la de Pedro Lemebel, Naty Menstrual, Manuel Puig, Claudia Rodríguez y otras incansables diosas de la palabra que escribieron desde la herida de la identidad antinormativa.

Sus personajes, llenos de ternura, pero también de violencia, nos hablan de una realidad que se vive como un estado de sitio constante, donde las autoridades, las fuerzas represivas del estado, hacen lo que sea para eliminar esas diferencias y esconderlas bajo la mesa, donde no incomoden, no incordien y no perturben a las familias “de bien”, las personas “de trabajo”, para quienes Camila reserva la crueldad más abyecta, recordándonos que el amoroso padre de familia clasemediero es en la noche el cliente borracho y golpeador y el policía, el guardián de la ley, un violador asqueroso, mientras que la vecina mustia es una Heinrich Himmler dejando los peores horrores pasar en nombre de “la decencia”.

La ternura se desborda sobre todo en personajes como María, una travesti sordomuda que eventualmente se torna en pájaro y cuya transformación documenta en una serie de pequeñas cartas con faltas de ortografía y de sintáxis. En estas, la sordomuda expresa su terror ante la idea de ser “un mostro” y a la metamorfosis del cuerpo, que se le va llenando de plumas grises, se suma la deformación sintáctica con la que escribe, reflejo de sus carencias, pero también de su empeño por permanecer en pie, siempre desde una ternura infinita.

Como mujer trans que pasó por ese proceso ya entrada en la edad adulta, no puedo evitar sentir otra cosa que admiración hacia lo que nos describe Camila. Sus travestis del Parque Sarmiento son un monumento a la valentía y la entrega al más puro y elemental deseo de vivir. Como ellas hoy hay todavía una infinidad de mujeres trans, travestis y vestidas que siguen poniendo el cuerpo en los distintos parques sarmiento del mundo. En lugares como la Alameda de Querétaro, la Avenida Eje Vial de San Luis Potosí, la Calzada de Tlalpan o la carretera a Arteaga en el gélido Saltillo, hay historias que remiten a lo que cuenta camila, aunque siempre son distintas, en tanto no hay dos travestis iguales, dos mujeres trans iguales o dos zonas rojas iguales. La diversidad es lo que caracteriza nuestros cuerpos en metamorfósis constante. La diversidad y la cacería de esa belleza que nos evade como una sombra al tacto, aunque en realidad es solo nuestra.

Que la lectura de camila Sosa nos conecte con nuestras pioneras trans: Kenya Cuevas, Glenda Prado, Samantha Flores, que es una auténtica Tía Encarna y hoy, Wendy Guevara.

Una bella y larga vida deseo para todas mis hermanas trans y travestis. Una vida llena de deseo, belleza y goce, todo eso que merecemos y nos ha sido negado.

Adiós, Cormac

La primera vez que escuché sobre Cormac McCarthy, estaba, si no me equivoco, en el campus Aeropuerto de la Universidad Autónoma de Querétaro. Por entonces dictaba un taller de escritura en el Museo de la Ciudad que más que taller era una pandilla de vándalos. La literatura era el pretexto para reunirnos, pero el motivo real era la mota, el alcohol, los ligues y en general el cotorreo. No puedo culpar a mis alumnos, yo era la responsable del taller, pero en mi defensa, debo decir que tenía 21 años. Ellos tenían dos o tres menos que yo. Éramos, en otras palabras, unos mocosos. Yo había ido al Campus Aeropuerto para visitar a mis alumnos, pues la mayoría cursaban Estudios Literarios en la Facultad de Letras, por entonces recién expulsada del centro universitario y exiliada a esos parajes desérticos que, decíamos, más que una escuela, parecían campo de concentración. Otros de los talleristas cursaban la aún más marginal carrera de Desarrollo Humano, también sepultada por entonces en aquel erial, con sus alumnos forzados a llevar uniforme del Lager. Me gustaba visitarles un par de veces por semana y ahí, a la sombra de un huizache, bebiendo una coca cola o devorando un mazapán, muertos de calor y sudorosos, hacíamos lo que nunca hicimos en nuestros talleres: Hablar de escritores.

Las lecturas que teníamos eran de lo más variadas. A mí, pretenciosa y petulante, me parecía que mientras más vanguardista la cosa, mejor. Le había puesto un altar a cuanto autor raro se me cruzaba, sin conocer de él más que lo dictaba su página en Wikipedia y así, me ponía a pontificar sobre Mario Levrero, Felisberto Hernández, Inés Arredondo, Rubem Fonseca (a quien sí leí mucho por entonces), Roberto Bolaño (a quien también leí) y Thomas Pynchon. Otros, se decantaban por la ciencia ficción y algunos más, por la novela política. José Revueltas, por ejemplo, era un favorito de varios. Uno de mis talleristas en particular destacaba por dos cualidades: su profunda misantropía, que en realidad ocultaba un corazón de lo más noble, y su gusto ecléctico para leer, rebelde siempre a todo intento de cánon. Hablamos de un tipo que devoró a Joyce en inglés (terminó odiándolo) y que se tituló con una tesis sobre Joseph Conrad y la forma en que lo recuperó después Hunter S. Thompson. Fue este tipo, Óscar, el que vivió tres años rodeado de mapas de África mientras terminaba su tesis, quien durante una tarde calurosa en el campus más horrible de la UAQ, me habló por primera vez de Cormac McCarthy.

Lo que dijo no tuvo tanto que ver con su obra, sino con su persona. Decía que, al igual que Thomas Pynchon, contemporáneo suyo, por cierto, McCarthy era un eremita. No le gustaba dar detalles sobre su vida y, en su afán por evadir a la prensa, depredador natural de los escritores, había llegado incluso a encerrarse en una plataforma petrolera. Más adelante, ya avejentado y harto de estar siempre huyendo, abandonó la plataforma petrolera para instalarse en el desierto de Nuevo México, específicamente al norte de Santa Fé, uno de los lugares más endemoniadamente místicos de los Estados Unidos. Jamás encontré ningún dato, más allá de las aseveraciones de Óscar, que corroborara que Cormac McCarthy había vivido en una plataforma petrolera, pero la imagen que sembró en mi cabeza bastó para que me interesara profundamente por el escritor. El empujón me lo dio el propio Óscar en otra ocasión, cuando, visitándolo en su casa, nos fumamos un porro y se nos ocurrió poner una película. La película en cuestión fue “No country for old men”, horrorosamente traducida como “Sin lugar para los débiles” y sin duda una de las cintas más crudas entre las que han dirigido los hermanos Cohen. En ella, seguimos de cerca al sociópata Anton Chiurgh en una pesquisa que va desde el sur de Texas hasta el norte de Coahuila y en la que no faltan momentos de esos cuya violencia hace imposible conciliar el sueño en la noche. Cuando finalizó la película, me le quedé viendo a óscar y este, con los ojos enrojecidos y una sonrisa gigante, me señaló que estaba basada en una novela de McCarthy.

Ya no pude, en lo sucesivo, hacerme tonta respecto a este señor que terminó encerrándose en Nuevo México y ahora sí, comencé a interesarme por su obra. Una vez hecho esto, descubrí que la saña con que retrató a Anton Chiurgh, era apenas una probada de su habilidad para retratar al mal más absoluto. Pero Chiurg, el psicópata que agujeraba cráneos con un extintor presión y que terminó pudriéndose en Piedras Negras, era tan solo un bebé si lo comparábamos, por ejemplo, con el juez Holden, el mercenario de Meridiano de Sangre, considerada por muchos como la obra maestra del autor y ambientada también en la región fronteriza y sin ley que se extiende entre México y los Estados Unidos y que pareciera estar eternamente condenada a la violencia. Si en el siglo XIX eran matones como Holden los que hacían valer su fuerza conquistando el oeste y matando de paso a quien se cruzara en su camino. Hoy son los cárteles de la droga quienes se enseñorean de esos territorios y los convierten en auténticos meridianos de sangre, cuando no lo son también policíacas y militares o las agencias como la DEA, que bajo su mantito de legalidad esconden intereses tan mercenarios y obscenos como los de Pandilla de Glanton, la organización criminal que empleaba a Holden como genocida profesional.

Algo que desde el principio llamó mi atención respecto a McCarthy es que él no era originario de la región sobre la que escribió. Nacido en una familia hiberno-católica de Rhode Island, el trabajo de su padre lo llevó desde la infancia al sur profundo, específicamente a Tennessee. Si nos atenemos a lo que dice su artículo de Wikipedia, así como las escuetas entrevistas que concedió en vida, fue en este lugar en donde se hizo escritor. Sus primeras novelas, que escribió alrededor de los treinta años, están, de hecho, ambientadas en esta zona. Pero algo pasó en su vida, o en su carrera, que lo sacó de los pantanos del bible-belt y lo empujó un poco más al oeste, a la región fronteriza. Desde la década de los setenta, la mayor parte de la obra de McCarthy comenzó a transcurrir en ahí y adoptó las características del western. No abandonó del todo, sin embargo, las ambientaciones en escenarios distintos. Ejemplos muy claros de esto son su obra de teatro “The sunset limited”, donde un profesor ateo es salvado del suicidio por un evangelista afroamericano en el Puente de Brooklyn, y su novela exitosa más reciente, “La carretera”, un thriller distópico donde, como le gusta a McCarthy, la vida y la muerte se encuentran cara a cara.

Ambas obras fueron llevadas al cine. The Sunset Limited, por Tommy Lee Jones y La Carretera por John Hillcoat. La primera la vi también con Óscar y fue una absoluta voladura de cabeza. Durante una hora y media y con guion del propio McCarthy, Tommy Lee Jones enarbola una serie de argumentos filosóficos, morales y religiosos para poner a sus personajes a discutir sobre tópicos como la existencia de Dios y el sentido del sufrimiento humano. La vimos también llenos de marihuana y no dejó espacio para la imaginación. Lejos de ofrecer consuelos o tender haces de esperanza al horizonte, McCarthy enarbola la incertidumbre absoluta. Te deja hecho un témpano. Decía Kafka que la buena literatura es, precisamente, un hacha que rompe un hielo. McCarthy era de una opinión parecida. De manera muy similar a ese otro gran excéntrico que fue Juan Rulfo, sostuvo en reiteradas ocasiones que la única literatura que le interesaba era la que concernía a la vida y la muerte (Rulfo añadió a la lista el amor, pero ¿Qué es el amor sino la síntesis de las otras dos?). No sé, a ciencia cierta, e ignoro si sea posible saberlo, de dónde le venía a McCarthy esta vena vitalista. Su condición de irlandés podría indicarnos un camino. Hay algo en la historia de ese pueblo, vapuleado hasta el cansancio por los ingleses y obligado a desplazarse a América en medio de una de las mayores hambrunas de la Europa moderna, que lo hace aferrarse a la vida, a la tierra. Si nos atenemos a que su nombre de bautizo era Charles y adoptó el muy celta “Cormac” solo en la edad adulta, encontramos que la pista podría no ir tan desencaminada. Su sangre irlandesa se encontró a gusto entre el salvajismo del sur y aún más entre el de la región fronteriza, donde falleció, casi de noventa años, un bastante caluroso martes 13.

Mientras escribo este texto, la arena en las inmediaciones de Santa Fe debería estar aún caliente tras soportar todo el día la inmisericorde lamida del sol. Cormac McCarthy, por otra parte, averigua, o no, por fin, si los dolores del mundo, el mal que aparece tan de repente como el ladrón que viene en la noche, tienen algún sentido último. En cierta manera, podríamos decir que McCarthy es el reverso perfecto de otra magnífica escritora estadounidense con raíces en Irlanda. Mientras que Flannery O’Connor deja entrever en sus cuentos atisbos de la gracia, siempre presta para salvar a los hombres de la perdición, McCarthy parece mostrar más bien la antigracia, una rendija infernal desde donde se cuela la desesperación absoluta. El hombre que me llevó a Cormac McCarthy era también gran lector de Howard Phillips Lovecraft. Ambos autores, al final del día, tenían el ojo puesto en el mal, no como cree el catolicismo, sino como aquello que está más allá de toda comprensión. Una manifestación de Dios en tanto este es también su ausencia. Una teología maldita.

Que donde quiera que esté, Cormac McCarthy pueda descansar en paz.

Ex-Yugoslavia, fragmentos de la memoria

Pensar en la antigua república yugoslava, es pensar en el país roto por antonomasia. Ese pequeño terruño en los balcanes que el mariscal croata Josip Broz, mejor conocido como Tito y antes que él los nacionalistas eslavos, hostiles a la dominación austro-húngara, concibieron como una unidad geopolítica, guarda también, sin embargo, algún paralelismo con alguna otra república que se mantiene unida pese a la inercia de hacerse jirones. Hablamos, por supuesto, de la Honorable República de la Memoria, que el ensayista y autor digital Pierre Herrera, visita como un conocedor, pero también un partisano, consciente siempre del peligro.

Sucede que Yugoslavia, el país cuya población miraba películas mexicanas tras perder acceso a la producción soviética luego de la ruptura entre Tito y Stalin, se desintegraba en una guerra atroz, llena de genocidio y rudeza, mientras, al otro lado del mundo, en el también aguerrido Michoacán, el escritor en cuestión veía el mundo crecer ante sus ojos infantiles. Slobodan Milosevic y sus carniceros de la muerte barrían con la población croata y Bosnia, mientras un niño en Morelia veía a sus padres bregar contra viento y marea en pleno salinismo e intuía que el sueño mexicano, la promesa de una vida siempre mejor, era un fantasma.

En México existió un régimen similar al de Josip Broz, el mismo régimen que exportaba las películas a los cines serbios y croatas, bosnios, montenegrinos y macedonios. Y en los noventa, cuando el autor comenzaba con sus primeras palabras, este régimen de economía parcialmente planificada, sustitución de importaciones, pero también represión y obediencia a la batuta norteamericana, hacía agua por todas partes y el capitalismo más salvaje se imponía como única realidad. Las atrocidades que los ex yugoslavos padecían habría de reproducirse pronto en estas latitudes de las manos de un presidente michoacano como el autor de estos ensayos.

En la obra de Pierre, hay una revisión de esa era y de la infancia que la acompañó, una definición en la que Yugoslavia es no solo una metáfora del país, México, sino de la familia misma. La casa, la carretera escuchando a los Creedence junto al padre. La odisea de los abuelos, dejando el campesinado, abrazando a la pequeña burguesía, la clase profesional, “clase media”, para terminar en la precariedad con los sueños destrozados y los deseos de una vida más estable, sólida, una casa nueva, transformados en una guerra partisana sin ganador salvo por el capital, que todo lo devora, incluyendo la escritura, las políticas culturales, el curso de la producción inscrita en la lógica del capitalismo tardío.

A Pierre, un tecnófilo, poeta de alma científica y místico de la maquinaria digital, no se le podían escapar las referencias constantes a lo fantasmagórico, “hauntológico”, más bien, en el sentido de Mark Fisher. En el libro, abundan las alusiones a este concepto y la memoria personal del niño crecido en Morelia, de familia campesina, después pequeñoburguesa y devenido en artista, nunca queda ahí, aislada, sino que se engarza con una profunda reflexión política sobre la posición que ocuparía el creador artístico, el escritor en el contexto que habitamos hoy.

Hay también loas a la inutilidad, elegías de lo pequeño, lo que apenas sobrevive, como la selección de futbol de Mongolia, otro país de influencia soviética que eventualmente siguió su camino en medio de la tundra y la estepa. Leer a Pierre Herrera es un viaje constante a la estepa y un encuentro con esas memorias que para cualquier mexicano del centro del país tienen un ligero regusto a Sarajevo. Nadie que haya crecido en los noventa y que en su adolescencia haya visto el país hecho pedazos bajo la inútil guerra contra el crimen organizado, puede pasar por estas páginas sin sentir que las experiencias son, de algún modo, suyas. Esto es especialmente cierto para quienes nos dedicamos al arte y/o a las letras, ocupaciones en las que, se nos decía, no conoceríamos más que el hambre. Y aquí estamos hoy, como exiliados, hurgando en las ruinas de nuestra memoria e identificando elementos en común, sorteando el hambre y resistiendo desde los márgenes de la creación, mientras leemos en la nación imaginada por Pierre, un reflejo de la nuestra, el territorio fantasma al que jamás podremos volver.

El hechizo industrial de Leonora Postpunk

Leonora Post Punk, como su nombre lo dice, es un grupo influenciado por el punk clásico, que busca expresar el romanticismo gótico en sus letras, llenas de coros palpitantes y listos para sacudir el alma de quien los escuche.

El proyecto nació en Los Mochis, Sinaloa, durante la pandemia de la COVID-19, y la convocatoria que tuvieron en la Central de Cultura Compartida en Querétaro, muestra que el encierro logró congregar nuevamente a los fans quienes, apenas tuvieron la oportunidad, formaron una multitud llena de ruido y punk. Esta es la segunda vez que esta agrupación viene a Querétaro, en este caso, como parte de una gira que comprende otras ciudades como Puebla, Guadalajara, Pachuca, CDMX y Toluca, el corazón del país, trayendo gozo sus fans, jóvenes entre 18 y 25 años vestidos de negro y con estoperoles, como si estuviéramos en el Manchester de los setenta.

El concierto inició con la apertura de Red Witch, una dj que lanzó conjuros con música electrónica, permitiéndose ser la hechicera del centro de la noche, mientras que, sobre su tornamesa, movía las manos bajo una luz neón púrpura que hacía que todos bailaran, sobre su mismo sitio, moviendo el cuerpo de un extremo a otro como un metrónomo.

El segundo en aparecer fue Jorge Sánchez, él dijo que el set, también de música electrónica, estaba hecho principalmente para Leonora Post Punk, creando una cadena de sucesos, entre su música y la melancolía de la banda. A diferencia de Red Witch, Jorge cantó en inglés durante varias de sus mezclas, incitando el baile, en donde los espectadores empezaron a moverse de un lado a otro, al fin despegando sus pies.

Cuando Leonora Post Punk subió al escenario, cambió la luz, todo se iluminó para enfocar, en esos rostros maquillados, el agradecimiento que sentían de estar nuevamente en Querétaro. Abrieron el concierto con su canción “Bailo” y ahora sí, los punks bailaron, de un lado otro, fumando y tomando sus cervezas mientras saltaban y coreaban al mismo tiempo que el vocalista. La aflicción de ser vulnerable, de entregarse un momento al humo y al alcohol.

La guitarra de Leonora Post Punk transmitía una electricidad que se movía entre los miembros de la banda quienes, en privado antes del concierto, me confesaron que aún no se la creían que hubiera fans que estaba ahí para escucharlos y que se sentían reflejados por su música y que se formaban para tomarse fotos con ellos. Y así el bajo de la banda hacía que nuestros corazones se sincronizaran en un solo sonido, la música.

Personalmente, mi momento favorito fue cuando Leonora Post Punk tocó un cover de Juan Gabriel, Amor eterno, en el que transmitieron la pérdida convertida en nostalgia. También revelaron un nuevo tape, “Perro”, donde citaban que eran perros con cadenas invisibles. Y los punks que se reunieron en la Central de Cultura Compartida, se alegraron de las primicias de la banda, de ser parte de ese momento único que quedaría perfecto con su canción “Polvo” donde muestran lo efímero y trascendental. Su última canción fue “No te vayas”, que de forma irónica, decía: detente, te lo ruego, lo siento, lo siento, quédate, quédate. Solo para despedirse de Querétaro, mientras todos pedían otra más.

El feminismo incendiario de Dahlia de la Cerda 

De mirada desconfiada, pero no tímida, la escritora feminista Dahlia de la Cerda, mira a su alrededor. Busca algo, un punto que la sostenga o quizá el próximo golpe. En su trayectoria como activista, ha recibido demasiados, no siempre de la derecha, omnipotente en la ciudad que la vio nacer, sino también de la izquierda y hasta de los feminismos. 

Su figura menuda y pequeña, su piel blanca, de tonos rosas, como la de los rancheros de Jalisco a quienes lleva en la sangre, podrían generar una impresión equivoca. Dahlia no es una chica indefensa, sino una “mujer muy macha” como lo dice en su libro “Desde los Zulos”, una colección de ensayos recientemente editada por Sexto Piso y donde da cuenta de la necesidad de un feminismo capaz de abandonar las torres de marfil. Tampoco es una “whitexican”, es decir, una burguesa. En Aguascalientes, de donde es originaria, la mitad de la población es güera y entre esos güeros, abundan los pobres; campesinos de Jalisco y Zacatecas que se instalaron en la ciudad más cercana y cuya sangre española y terrateniente es más un recuerdo que se pudre en la leyenda que una realidad concreta a la que aún puedan suscribirse.

Es esta gente ranchera, pronta para la pelea de gallos, la que ha fundado los barrios periféricos de la que hoy es una ciudad industrial con un gran futuro económico, pero también, la capital mexicana del suicidio, un foco para el consumo de cristal y además, uno de los estados puntero en cuanto a embarazo adolescente. Sin embargo, Dahlia aborda estas realidades sin el “espanto” que producen entre las poblaciones burguesas. Es por eso, precisamente, que se decidió a escribir “Desde los Zulos” un libro que da testimonio sobre crecer en el barrio, pero también, sobre asumirse feminista en un entorno que poco tiene que ver con el mundo de la academia, y de las vacas sagradas.

Se trata de un libro escrito en lenguaje llano, en el que no faltan referencias a la cultura popular, el regional mexicano y la violencia que se vive en la periferia. Sin embargo, no es una exotización, todo lo contrario, las anécdotas presentes ahí, en formato de memorias, son totalmente reales, pues la autora las vivió en carne propia. Feminicidios, violencia e incluso los tentáculos del crimen organizado, salpican las páginas de “Desde los Zulos”, pero lo hacen sin melodrama, ni victimismo. La también autora de “Perras de Reserva”, que ganó el premio vehgfrg en ascwkdvf, se considera todo menos una víctima. No le agrada, de hecho que las situaciones duras tan comunes en nuestro país se asuman desde esa posición.

Tampoco es complaciente con las ideologías ni las militancias consagradas. En uno de los capítulos más significativos, Dahlia invita a desconfiar de quienes juzgan a quien se acerca a la actividad artística con la intención de hacer dinero. Nada hay más fácil que satanizar el lucro y proponer modos de vida franciscanos cuando se tiene la panza llena. En un repaso que aborda tanto su salud mental, como su infancia en los barrios de Aguascalientes, visitando toquines punks y picaderos, hasta llegar a la edad adulta, con la militancia y posterior desencuentro con el feminismo, Dahlia escarba un agujero, un “zulo”, con su propia sangre para escapar de todas estas jaulas, la de la violencia, la de la militancia inconsciente y sobre todo, la del clasismo y construirse una voz propia en un país donde tener cuarto es un lujo ¿Quién querría un cuarto propio -pareciera pensar Dahlia- cuando podría tener la calle? ¿Quién quisiera ser señora respetable, llena de miedo, una princesa enjaulada cuando puede ser chola digna y más adelante, una doñita llena de vida y sobre todo, de libertad?

Ernesto Martínez en vivo

El creador de la micro-ritmia llenará la CCC con los mejores sonidos experimentales. Una noche llena de ecos y murmullos para transformar emociones en música.