Por Una puta más

agosto 18, 2023

Dos cosas me hacen pensar que quizá este sea el mejor momento para ser una mujer trans en América Latina: El triunfo de Wendy Guevara, ícono de “las perdidas” en el más reciente Reality Show impulsado por Televisa y el furor, no tan mediático como el de Wendy, pero aun así lo suficientemente fuerte como para sacar del marasmo a toda mujer trans con pretensiones literarias, incluyendo, evidentemente, a la que escribe este texto, que ha desatado una narradora travesti argentina. Hablo, por supuesto, de Camila Sosa Villada quien, con su novela “Las Malas”, traducida ya a cinco idiomas y transformada en un verdadero fenómeno editorial en países como Suecia, se ha posicionado como una de las escritoras contemporáneas más destacadas en América Latina.

Desde el inicio, la novela te golpea, pero el golpe, que también es caricia, como suele suceder entre putas, es aún más fuerte, más ácido y más corrosivo, pero también más cálido y lleno de vida, cuando la lectora es trans. A grandes rasgos, sin ningún afán por spoilear, la novela nos sitúa frente a una jauría o manada bastante peculiar. Son un grupo de travestis, todas trabajadoras sexuales, todas más o menos rotas, enganchadas o la coca o al alcohol y siempre en alerta ante los peligros que el universo cisheteropatriarcal arroja sobre los cuerpos que no caben dentro de la norma.

Frente a la jauría hay una perra alfa: La Tía Encarna, quien a sus ciento setenta años no solo sigue puteando en el Parque Sarmiento de Córdoba, sino que además vela por la seguridad y el bienestar de todas esas travas que, junto a ella, entregan el cuerpo a la noche como una ofrenda al placer de los hombres y hacen de esta ofrenda su modo de vida. Para las travas del Parque Sarmiento, la Tía Encarna es madre, pero esta vocación materna solo cobrará forma tras descubrir, entre unos arbustos, al “Brillo de los Ojos”, un recién nacido abandonado en medio del invierno a quien -cagado y desnudo, cuál Marcelino Pan y Vino posmoderno- la Tía Encarna ofrece refugio en su guarida, una casa rosada (como la sede oficial del gobierno argentino) en la que las travas del parque se resguardan, como vampiros, de las terribles miradas diurnas que la gente “normal” o más bien “normativa”, arroja como armas contra sus frágiles cuerpos hinchados por el aceite de avión que se inyectan.

Mientras hace crecer al Brillo de los Ojos bajo el amparo de sus prohibidas hadas madrinas, la narradora de la novela, transunto autobiográfico de la propia Camila Sosa, nos habla sobre su infancia en un pueblo pequeño, su condición de maricón, primero, y travesti después, en la provincia rural argentina. Esta narrativa, engarzada con la breve biografía del Brillo y las correrías de las travestis en el Parque Sarmiento está llena de la violencia inevitable que supone una identidad trans en un continente como América Latina, donde a la hegemonía católica (o ahora evangélica en algunas regiones) siempre hostil hacia la diversidad sexo-genérica, hay que sumar también los prejuicios que produce vivir en medio de la miseria y la explotación.

En voz de su narradora, Camila habla de la violencia que habitó su cuerpo desde niña en aquella zona rural de la provincia de Córdoba, pero no lo hace desde el victimismo ni particulariza su situación. Por el contrario, al abordar la novela como un relato coral que involucra a todas las travas del Parque Sarmiento, Sosa Villada dota a su narrativa de una dimensión comunitaria en la que, por supuesto, tampoco puede faltar la reflexión de clase. Como bien ilustra el pasaje de las “Cuervas”, las travestis burguesitas que visitaban el parque para burlarse de las prostitutas y regodearse en su dizque superioridad, ni siquiera entre las travestis, o las trans, podríamos decir, existe la igualdad. Es justamente la clase lo que hace de unas, prostitutas sometidas a infinitas violencias y de otras, divas “closeteras”, eternamente encerradas por temor a perder los privilegios que como “varones” burgueses detentan.

Hay en camila todo una tradición de escritoras, algunas de ellas tristemente recordadas con el nombre de varón, pero que hicieron de las letras argentinas y sudamericanas todo un carnaval para las trans, y las travas, las putas, las locas, para las vestidas… para todos esos monstruos que no cabemos en la familia bonita con casa Geo y un golden retriever y dos carros e infinitas deudas para mantener el ciclo de consumo. Su obra ofrece guiños hacia la de Pedro Lemebel, Naty Menstrual, Manuel Puig, Claudia Rodríguez y otras incansables diosas de la palabra que escribieron desde la herida de la identidad antinormativa.

Sus personajes, llenos de ternura, pero también de violencia, nos hablan de una realidad que se vive como un estado de sitio constante, donde las autoridades, las fuerzas represivas del estado, hacen lo que sea para eliminar esas diferencias y esconderlas bajo la mesa, donde no incomoden, no incordien y no perturben a las familias “de bien”, las personas “de trabajo”, para quienes Camila reserva la crueldad más abyecta, recordándonos que el amoroso padre de familia clasemediero es en la noche el cliente borracho y golpeador y el policía, el guardián de la ley, un violador asqueroso, mientras que la vecina mustia es una Heinrich Himmler dejando los peores horrores pasar en nombre de “la decencia”.

La ternura se desborda sobre todo en personajes como María, una travesti sordomuda que eventualmente se torna en pájaro y cuya transformación documenta en una serie de pequeñas cartas con faltas de ortografía y de sintáxis. En estas, la sordomuda expresa su terror ante la idea de ser “un mostro” y a la metamorfosis del cuerpo, que se le va llenando de plumas grises, se suma la deformación sintáctica con la que escribe, reflejo de sus carencias, pero también de su empeño por permanecer en pie, siempre desde una ternura infinita.

Como mujer trans que pasó por ese proceso ya entrada en la edad adulta, no puedo evitar sentir otra cosa que admiración hacia lo que nos describe Camila. Sus travestis del Parque Sarmiento son un monumento a la valentía y la entrega al más puro y elemental deseo de vivir. Como ellas hoy hay todavía una infinidad de mujeres trans, travestis y vestidas que siguen poniendo el cuerpo en los distintos parques sarmiento del mundo. En lugares como la Alameda de Querétaro, la Avenida Eje Vial de San Luis Potosí, la Calzada de Tlalpan o la carretera a Arteaga en el gélido Saltillo, hay historias que remiten a lo que cuenta camila, aunque siempre son distintas, en tanto no hay dos travestis iguales, dos mujeres trans iguales o dos zonas rojas iguales. La diversidad es lo que caracteriza nuestros cuerpos en metamorfósis constante. La diversidad y la cacería de esa belleza que nos evade como una sombra al tacto, aunque en realidad es solo nuestra.

Que la lectura de camila Sosa nos conecte con nuestras pioneras trans: Kenya Cuevas, Glenda Prado, Samantha Flores, que es una auténtica Tía Encarna y hoy, Wendy Guevara.

Una bella y larga vida deseo para todas mis hermanas trans y travestis. Una vida llena de deseo, belleza y goce, todo eso que merecemos y nos ha sido negado.

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