Por Dafne Martínez

febrero 16, 2023

¿Qué tiene que ver Corea del Norte con Sarajevo? Más aún ¿Qué tienen que ver estos dos lugares, uno en Bosnia, otro en el este de Asia, con México? La respuesta, según la última novela de Rubén Cantor, es que tienen que ver todo. En Norcorea, así se llama este libro, la acción transcurre en un tranquilo pueblo de una calle que comparte nombre con la capital de Bosnia Herzegovina, aunque se encuentra situado en alguna región de México cuya ubicación exacta nunca queda clara. En un inicio, la novela se presenta como policíaca, pero esto es engañoso. La novela de Rubén Cantor no pretende esclarecer ningún crimen. Por el contrario, lo oculta cada vez más hasta dejarlo sepultado en medio de la farsa. Hay detectives en la novela, eso es verdad, pero la mayoría de los personajes, están mucho más preocupados por la forma que por el fondo de las cosas. Así, tenemos que en lugar de resolver los crímenes, a estos agentes de ministerio público, por lo demás bastante mexicanos, lo que les preocupa es la tipografía en los memos que deben llenar para justificar sus investigaciones. La investigación, es decir, el fondo, queda olvidada bajo la tipografía. El propio arranque policíaco de la novela: La muerte de un obrero en una fábrica de Volkswagen, pasa pronto al terreno de la farsa cuando los periódicos distorsionan cada día la noticia hasta convertir la tragedia en burla. 

Es aquí donde Aparece Apolinar Malo, hijo de Pavel Malo, el obrero asesinado en la planta automotriz. Apolinar, maestro de Sarajevo de Juárez, busca encontrar la verdad sobre lo que sucedió con su padre. En el proceso, le ocurren bastantes, se hace socio, para empezar, de una franquicia restaurantera cuyos dueños, sin que él lo sepa, están relacionados con la muerte de su progenitor y, además, buscan una tapadera para que los norcoreanos invadan el pueblo, que tiene una ubicación privilegiada para colocar misiles que amenacen a los Estados Unidos. De aquí en adelante todo se torna en un pandemonio en el que no faltan brujas, niños que toman peyote y caballos con nombres de becas culturales. El asunto de los niños y el peyote, que reciben de mano del propio profesor Malo, es importante en tanto abre la novela a la dimensión sobrenatural, un elemento importante dentro de la misma que le confiere además su característica de novela gnóstica. Los mexicanos con nombres eslavos que pueblan este libro buscan una realidad por encima de sí mismos. Saben que habitan un mundo fársico y el humor en el que se desenvuelven, evidente para el lector, no siempre para ellos y además deudor del mejor Jorge Ibarguengoitia, es en realidad un velo que tiene que desprenderse para que salga a la luz la tragedia que en realidad narra el libro y que además abre paso a la redención de todos los personajes.

Con un tejido narrativo digo de un Thomas Pynchon, Cantor construye un universo inteligente en el que la comedia y la farsa ocultan el verdadero sentido trágico de la realidad. Esto la hace además una novela fuertemente humana cuyos personajes intentan a toda costa dejar de ser los payasos del lector sin perder por ello, por ejemplo, ciertas expresiones y momentos de ternura, encarnados sobre todo en lxs niñxs de Sarajevo de Juárez, quienes se convierten en los verdaderos héroes en un desenlace casi nietzscheano en tanto llega, justamente, de la mano de los niños, siempre creativos y destructivos también. La novela, por suepuesto, tiene guiños a la realidad política mexicana. La impunidad, el abuso de poder y las violaciones a los derechos humanos son moneda corriente en esta narración, solo que se cuentan de una forma amena que pareciera ocultar lo que ocurre, aunque no es así, pues como ya señalamos, lo que Rubén Cantor pretende es justamente demostrar como los propios perpetradores del horror, son al final quienes buscan convertir en circo sus fechorías con el objeto de banalizar las consecuencias.

Se trata, en suma, de una novela en la mejor tradición posmoderna escrita además desde las entrañas del Bajío.

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