Yo soy una perra en calor


Apenas inicia 2024 y la comunidad trans* en México ha enfrentado ya varias situaciones de violencia: La malgenerización del presidente López Obrador quien llamó a la Diputada Federal Selma Luévano Luna “Hombre vestido de mujer”; el asesinato de Gaby Ortiz, mujer trans* encontrada sin vida, con signos de violencia y con un mensaje amenazante; la agresión transfóbica a la activista Nicté Chávez, la golpiza que
sufrió la influencer Paolita Suárez de “Las Perdidas”, y otros sucesos más, suman ya ocho
asesinatos a personas trans* en lo que llevamos del año.

En este contexto violento, leer el pensamiento de una travesti negra cimarrona, poderlo presentar en público y tener la oportunidad de escuchar su voz, sus reflexiones y posicionamientos, nos parece en sí mismo un acto de resistencia y al mismo tiempo un acto de cuidado. Parece que la consigna más importante ante los tiempos que imperan es la de mantenernos con vida y de una forma digna y es en esta posición en la que nos encontramos, defendiendo nuestras vidas y construyendo redes y vínculos que nos permitan subsistir acompañadas.

Toda esta fuerza, que el presente texto busca recrear, no es otra cosa que la materialización del mensaje presente en el libro “El feminismo ya fue” de Mikaelah Drullard, que se presentó el pasado 20 de enero de 2024 en la Librería Pessoa. La presentación fue guiada por la investigadora travesti Nivs Trejo y la artista travesti FaustE Gracia, quien escribe esto y espera que le acompañen en este breve recorrido.

El trabajo de Mika, sus análisis, sus hallazgos, habría que situarlo no solo en torno a lo que la propia autora afirma, sino también a las negaciones que la posicionan ante el mundo. Este ejercicio no se queda ahí, solo flotando en el aire, si no que impacta, toca, mueve e interpela a quien la lee o la escucha. Su voz es activa, no es impasible. Como diría Nivs Trejo “una vez que leemos a Mikaelah ya no hay vuelta atrás”. Nos pone a indagar en nuestros marcos de referencia, en nuestras historias, en nuestro legado y lo hace evidente en el libro, menciona: “reclamo el legado afrofuturista y cimarrón de imaginarme fuera de la plantación del cis-tema sexo-género”.

Ante estas afirmaciones me pregunto: ¿Hemos reclamado, de manera individual y/o colectiva, ese legado? ¿Reconocemos ese legado? ¿Hemos escudriñado en los discursos que nos constituyen? ¿Los hemos puesto a prueba, si/no, por qué? Mika lo describe perfectamente: “Reconocerse a una es duro, toca hacer ese ejercicio, aunque quizás sepamos que no nos gustará la imagen que veremos”.

Desde esta perspectiva, consideró que uno de los aportes del trabajo de Mikaelah radica en compartir sus posiciones, sus apuestas, sus imaginarios, sus formas de contaminar todas estas narrativas del “deber ser” desde una lógica global occidentalizada, patriarcal, cisheteronormativa y colonial. Nos queda claro, que estas experiencias nos dejarán, esperamos, escudriñando un poco en esas estructuras nuestras y las formas en que las replicamos.

En el avance el libro, una de las enunciaciones que va cobrando importancia y apareciendo de manera constante como una afirmación en relación con otras posiciones es la figura de “lx travesti”, figura que por obvias razones es de mi interés, pero que su importancia no radica en mi percepción personal, va más allá. Y entonces hay sentencias claras, contundentes: “Travestí, pero nunca mujer, ese lugar para mí es muy humano” “la transitividad como un ejercicio de escape y fugitividad…” “…lo travestí es un tema antirracista y no de género”.

Leyendo estas palabras, me refleja de manera directa la potencia de “lx travestí”, y no lo pienso desde una episteme académica, lo entiendo desde una experiencia encarnada, desde una corporalidad otra, desde un posicionamiento que aún se escapa, se escabulle, que se vuelve una posibilidad de imaginación distinta; la figura de la travesti le sigue quedando lejos al imaginario social como algo que se pueden entender, sistematizar, academizar. Se vuelve una grieta, una fisura, un espacio de resistencia que sigue estando al margen de concepciones de normalización o asimilación. Pienso en las travestis sudacas que han acuñado el término “travesticidio” para buscar la justicia por sus hermanas asesinadas. Pienso en las travestis que nos han regalado su “Leche Travesti” a través de palabras y performance. Pienso en la potencia de construir vínculos que nos permitan desde estas existencias: encontrarnos, reconocernos y acompañarnos, y tomando las palabras de Mika, poder en algún momento decir: “Estoy lista para defender-Nos porque no vivo sola”.

De manera filosa e incisiva, la autora nos dice “el feminismo ya fue (…) abandonemos el feminismo por su origen y constitución blanca (…) el feminismo nació sostenido por la explotación y la des-humanización de otras mujeres y hombres racializados”. Estos posicionamientos se vuelven difíciles de escuchar porque desestructuran las certezas que otrora un movimiento social como este posibilitaba para ciertos sectores de la población; es decir, brindar, aunque fuera solo a algunas, un horizonte que, en la práctica no se pudo sostener dado que siempre se trató de un discurso que, en palabras de Mikaelah, “…prioriza un sujeto ‘mujer’ basado en una política de identidad profundamente esencialista…”.

No podemos dejar de mencionar a las cada vez más presentes y crecientes (en número) feministas TERFS (es el acrónimo para Trans-Exclusionary Radical Feminist que en su traducción literal al español significa “Feminista Radical Trans-Excluyente”), que desde una lógica biologicista pretenden luchar contra lo que llaman “borrado de mujeres”, un eufemismo para la existencia de feminidades trans, travestis y disidencias sexuales en general y con las cuales por supuesto que no estamos de acuerdo.

Regresando al título del libro y a la crítica sobre el/los feminismos, Mikaelah lo deja muy claro en un ejemplo que nos queda cerca y que intentaré parafrasear: si mujeres (en el amplio espectro de la enunciación) en ámbitos políticos, académicos, artísticos y de la vida social en general, se pueden enunciar desde el feminismo/los feminismos siendo terfs, colonialistas, patriarcales, cisheteronormativas y punitivistas, entonces hay que cambiarse de acera. Parafraseando otra poderosa idea incluida en el texto: si el Vaticano dice qué es feminista, hay que cambiarse de acera de inmedianto.

Ante estos ejemplos consideramos que la postura de la autora es más que clara y se vuelve una señal de una búsqueda distinta de nombrarse, reconocerse, enunciarse; hay un deseo de imaginar y construir discursos propios y en primera persona. En términos personales, agradezco la invitación a leer y presentar este libro, de igual forma agradezco a la CCC por la invitación a escribir este breve texto, de compartir el espacio con travestis a las cuales admiro tanto como Nivs y Mika, y sobre todo al tener la posibilidad de replantear mis propias estructuras, mis prácticas e imaginarios. Me quedo con muchas preguntas, pero la intención nunca fue encontrar respuestas, de modo que, a manera de cierre, me uno a la invitación que a continuación nos hace la autora:

Solo quiero invitarles a pensar en términos más complejos, plurales y multifactoriales reconociendo que la supremacía blanca no es solo habitada por el varón blanco, ya que solo ampliando nuestro mapeo de actores y sus relaciones constitutivas, podremos abordar en términos sistémicos el cáncer del racismo estructural que nos está matando, y que es sostenido de diversas formas”.

Cuando la ternura es cuir

Jack, Frito y León. Frito, León y Jack. León, Jack y Frito. No importa el orden que les demos, para estxs tres luchadorxs, si se les puede llamar así, aunque más bien son familia (con las reservas que ese término despierta), paladines de la ternura en un mundo cada vez más desalmado, más despojado del aura y también, empeñado en aplastar toda diferencia, nada hay más importante que rescatarse a sí mismxs y a todxs de la indiferencia asesina esa que, cuando eres queer (O ‘cuir’, en versión tropicalizada), es decir “raro”, es decir “anormal”, puede llevarte a la tumba o mucho más probablemente, la fosa común. Pero a estxs tres guerrerxs, o guerrillerxs, más, militantes del Vietcong del género, eso, no les detiene y, por el contrario, les lleva a la acción, el golpe y lo que es más importante, la organización colectiva.

Es por eso que hace poco más de un año, decidieron traer a este mundo una iniciativa que busca dar acompañamiento a las personas en el espectro LGBTTIQ+ conocido también como espectro queer. En palabras de Frito, une ilustradore que también se desempeña como librere en la Librería Pessoa, es precisamente el acompañamiento lo que más falta suele hacer entre las personas no cisheterosexuales. Y es que, mirando alrededor, este es un mundo que fue hecho para las identidades hegemónicas, las que se casan, heterosexualmente, por supuesto, de preferencia, en una iglesia, con vestido blanco y flores, y tienen hijxs, se reproducen y se insertan además en las terribles lógicas del capital. Por eso, recuerda acertadamente Jack, un filósofo en formación y poeta que desde Chiapas llegó hasta Querétaro hace ya varios años, también es necesario operar fuera de la lógica del “Pride”. Y esque, mientras el capitalismo voraz, responsable de nuestras exclusiones, en tanto personas queer, busca lucrar con nuestra marginación y convertirnos en objetos de consumo, es necesario buscar otras alternativas.

Donde se nos dice que todo son risas y fiesta, a veces es necesario recordar que también hay dolor, llanto y rabia, mucha rabia. Sin embargo, esto no ha de traducirse en desesperanza, puesto que siempre existe una red dispuesta ofrecer contención y a canalizar esa furia y es negatividad para resignificarlas y que devengan en potencia subversiva. En este sentido, convendría recuperar las palabras de León, diseñador gráfico y DJ que, a sus 36 años, tiene bastante que comentar sobre lo que ha sido vivirse trans en un lugar como Querétaro, que hasta no hace mucho, era epicentro de la “mochez” y el conservadurismo.

Es importante decir ‘no estoy solo y lo que siento no es raro’. Para mí la ternura es acompañamiento, resistencia y un apoyo. Las personas luego no cambian, por eso tenemos este espacio”, dice.

De acuerdo con Jack, el espacio inició el 13 de mayo de 2022. Originalmente, no era un espacio para el activismo cuir, sino un grupo de personas no cisheterosexuales que se reunían para practicar juegos de mesa. Sin embargo, una cosa llevó a la otra y eventualmente fueron ofreciendo talleres, así como actividades artísticas y culturales. Hoy, sus actividades incluyen estas, así como conversatorios y encuentros entre personas de la diversidad sexogenérica. Como lo dejó claro Jack, esto siempre se hace desde una apertura a la crítica y a la reflexión, además de que se persigue nivelar las injusticias que históricamente ha padecido esta comunidad.

En los talleres y conversatorios, a las disidencias no se les cobra debido al tema de la violencia económica que han padecido y que, justamente, también tiene mucho que ver con la exclusión”.

Apoyar a la gente de la comunidad es importante, además, debido a un tema que para las personas queer parece no terminar nunca: Para las familias es muy difícil aceptar a una persona queer en su seno y esto hace que un número importante de personas queer terminen en la calle sin ninguna red de apoyo, a merced de todo tipo de inclemencias. Como dicen les tres, salir del clóset es sentirse como niño regañado. Esto, por supuesto, se traduce en una falta de oportunidades para acceder a los mismos bienes que la población cisheterosexual. Es por esto que en Ternura Cuir no se cobra a las personas de la comunidad.

Sin embargo, el apoyo a quienes han perdido el sostén de sus familias biológicas debido a su condición queer no se reduce a esto. También hay redes de afecto y de cariño que operan bajo la lógica que de descentralizar a la familia nuclear como modelo de relaciones y espacio primario de socialización. En lo que hace ternura queer, nos recuerda Jack, existe siempre la posibilidad de abrirse a otros vínculos que no tengan tanto que ver con el molde cisheteropatriarcal como los vínculos a los que nos hemos acostumbrado. Es por esto que en Ternura, como le dicen acotadamente, hay también actividades como picnics para disidencias, en los que se busca construir vínculos independientes del aspecto familiar.

Las actividades de Ternura Cuir están abiertas para todes, especialmente personas trans, queer y no binaries y en una época como esta, en la que el fascismo global va en alza, se sienten como un verdadero apapacho y una muestra de cariño para quienes, de alguna forma u otra, hemos sido abandonadxs.

Adiós, Cormac

La primera vez que escuché sobre Cormac McCarthy, estaba, si no me equivoco, en el campus Aeropuerto de la Universidad Autónoma de Querétaro. Por entonces dictaba un taller de escritura en el Museo de la Ciudad que más que taller era una pandilla de vándalos. La literatura era el pretexto para reunirnos, pero el motivo real era la mota, el alcohol, los ligues y en general el cotorreo. No puedo culpar a mis alumnos, yo era la responsable del taller, pero en mi defensa, debo decir que tenía 21 años. Ellos tenían dos o tres menos que yo. Éramos, en otras palabras, unos mocosos. Yo había ido al Campus Aeropuerto para visitar a mis alumnos, pues la mayoría cursaban Estudios Literarios en la Facultad de Letras, por entonces recién expulsada del centro universitario y exiliada a esos parajes desérticos que, decíamos, más que una escuela, parecían campo de concentración. Otros de los talleristas cursaban la aún más marginal carrera de Desarrollo Humano, también sepultada por entonces en aquel erial, con sus alumnos forzados a llevar uniforme del Lager. Me gustaba visitarles un par de veces por semana y ahí, a la sombra de un huizache, bebiendo una coca cola o devorando un mazapán, muertos de calor y sudorosos, hacíamos lo que nunca hicimos en nuestros talleres: Hablar de escritores.

Las lecturas que teníamos eran de lo más variadas. A mí, pretenciosa y petulante, me parecía que mientras más vanguardista la cosa, mejor. Le había puesto un altar a cuanto autor raro se me cruzaba, sin conocer de él más que lo dictaba su página en Wikipedia y así, me ponía a pontificar sobre Mario Levrero, Felisberto Hernández, Inés Arredondo, Rubem Fonseca (a quien sí leí mucho por entonces), Roberto Bolaño (a quien también leí) y Thomas Pynchon. Otros, se decantaban por la ciencia ficción y algunos más, por la novela política. José Revueltas, por ejemplo, era un favorito de varios. Uno de mis talleristas en particular destacaba por dos cualidades: su profunda misantropía, que en realidad ocultaba un corazón de lo más noble, y su gusto ecléctico para leer, rebelde siempre a todo intento de cánon. Hablamos de un tipo que devoró a Joyce en inglés (terminó odiándolo) y que se tituló con una tesis sobre Joseph Conrad y la forma en que lo recuperó después Hunter S. Thompson. Fue este tipo, Óscar, el que vivió tres años rodeado de mapas de África mientras terminaba su tesis, quien durante una tarde calurosa en el campus más horrible de la UAQ, me habló por primera vez de Cormac McCarthy.

Lo que dijo no tuvo tanto que ver con su obra, sino con su persona. Decía que, al igual que Thomas Pynchon, contemporáneo suyo, por cierto, McCarthy era un eremita. No le gustaba dar detalles sobre su vida y, en su afán por evadir a la prensa, depredador natural de los escritores, había llegado incluso a encerrarse en una plataforma petrolera. Más adelante, ya avejentado y harto de estar siempre huyendo, abandonó la plataforma petrolera para instalarse en el desierto de Nuevo México, específicamente al norte de Santa Fé, uno de los lugares más endemoniadamente místicos de los Estados Unidos. Jamás encontré ningún dato, más allá de las aseveraciones de Óscar, que corroborara que Cormac McCarthy había vivido en una plataforma petrolera, pero la imagen que sembró en mi cabeza bastó para que me interesara profundamente por el escritor. El empujón me lo dio el propio Óscar en otra ocasión, cuando, visitándolo en su casa, nos fumamos un porro y se nos ocurrió poner una película. La película en cuestión fue “No country for old men”, horrorosamente traducida como “Sin lugar para los débiles” y sin duda una de las cintas más crudas entre las que han dirigido los hermanos Cohen. En ella, seguimos de cerca al sociópata Anton Chiurgh en una pesquisa que va desde el sur de Texas hasta el norte de Coahuila y en la que no faltan momentos de esos cuya violencia hace imposible conciliar el sueño en la noche. Cuando finalizó la película, me le quedé viendo a óscar y este, con los ojos enrojecidos y una sonrisa gigante, me señaló que estaba basada en una novela de McCarthy.

Ya no pude, en lo sucesivo, hacerme tonta respecto a este señor que terminó encerrándose en Nuevo México y ahora sí, comencé a interesarme por su obra. Una vez hecho esto, descubrí que la saña con que retrató a Anton Chiurgh, era apenas una probada de su habilidad para retratar al mal más absoluto. Pero Chiurg, el psicópata que agujeraba cráneos con un extintor presión y que terminó pudriéndose en Piedras Negras, era tan solo un bebé si lo comparábamos, por ejemplo, con el juez Holden, el mercenario de Meridiano de Sangre, considerada por muchos como la obra maestra del autor y ambientada también en la región fronteriza y sin ley que se extiende entre México y los Estados Unidos y que pareciera estar eternamente condenada a la violencia. Si en el siglo XIX eran matones como Holden los que hacían valer su fuerza conquistando el oeste y matando de paso a quien se cruzara en su camino. Hoy son los cárteles de la droga quienes se enseñorean de esos territorios y los convierten en auténticos meridianos de sangre, cuando no lo son también policíacas y militares o las agencias como la DEA, que bajo su mantito de legalidad esconden intereses tan mercenarios y obscenos como los de Pandilla de Glanton, la organización criminal que empleaba a Holden como genocida profesional.

Algo que desde el principio llamó mi atención respecto a McCarthy es que él no era originario de la región sobre la que escribió. Nacido en una familia hiberno-católica de Rhode Island, el trabajo de su padre lo llevó desde la infancia al sur profundo, específicamente a Tennessee. Si nos atenemos a lo que dice su artículo de Wikipedia, así como las escuetas entrevistas que concedió en vida, fue en este lugar en donde se hizo escritor. Sus primeras novelas, que escribió alrededor de los treinta años, están, de hecho, ambientadas en esta zona. Pero algo pasó en su vida, o en su carrera, que lo sacó de los pantanos del bible-belt y lo empujó un poco más al oeste, a la región fronteriza. Desde la década de los setenta, la mayor parte de la obra de McCarthy comenzó a transcurrir en ahí y adoptó las características del western. No abandonó del todo, sin embargo, las ambientaciones en escenarios distintos. Ejemplos muy claros de esto son su obra de teatro “The sunset limited”, donde un profesor ateo es salvado del suicidio por un evangelista afroamericano en el Puente de Brooklyn, y su novela exitosa más reciente, “La carretera”, un thriller distópico donde, como le gusta a McCarthy, la vida y la muerte se encuentran cara a cara.

Ambas obras fueron llevadas al cine. The Sunset Limited, por Tommy Lee Jones y La Carretera por John Hillcoat. La primera la vi también con Óscar y fue una absoluta voladura de cabeza. Durante una hora y media y con guion del propio McCarthy, Tommy Lee Jones enarbola una serie de argumentos filosóficos, morales y religiosos para poner a sus personajes a discutir sobre tópicos como la existencia de Dios y el sentido del sufrimiento humano. La vimos también llenos de marihuana y no dejó espacio para la imaginación. Lejos de ofrecer consuelos o tender haces de esperanza al horizonte, McCarthy enarbola la incertidumbre absoluta. Te deja hecho un témpano. Decía Kafka que la buena literatura es, precisamente, un hacha que rompe un hielo. McCarthy era de una opinión parecida. De manera muy similar a ese otro gran excéntrico que fue Juan Rulfo, sostuvo en reiteradas ocasiones que la única literatura que le interesaba era la que concernía a la vida y la muerte (Rulfo añadió a la lista el amor, pero ¿Qué es el amor sino la síntesis de las otras dos?). No sé, a ciencia cierta, e ignoro si sea posible saberlo, de dónde le venía a McCarthy esta vena vitalista. Su condición de irlandés podría indicarnos un camino. Hay algo en la historia de ese pueblo, vapuleado hasta el cansancio por los ingleses y obligado a desplazarse a América en medio de una de las mayores hambrunas de la Europa moderna, que lo hace aferrarse a la vida, a la tierra. Si nos atenemos a que su nombre de bautizo era Charles y adoptó el muy celta “Cormac” solo en la edad adulta, encontramos que la pista podría no ir tan desencaminada. Su sangre irlandesa se encontró a gusto entre el salvajismo del sur y aún más entre el de la región fronteriza, donde falleció, casi de noventa años, un bastante caluroso martes 13.

Mientras escribo este texto, la arena en las inmediaciones de Santa Fe debería estar aún caliente tras soportar todo el día la inmisericorde lamida del sol. Cormac McCarthy, por otra parte, averigua, o no, por fin, si los dolores del mundo, el mal que aparece tan de repente como el ladrón que viene en la noche, tienen algún sentido último. En cierta manera, podríamos decir que McCarthy es el reverso perfecto de otra magnífica escritora estadounidense con raíces en Irlanda. Mientras que Flannery O’Connor deja entrever en sus cuentos atisbos de la gracia, siempre presta para salvar a los hombres de la perdición, McCarthy parece mostrar más bien la antigracia, una rendija infernal desde donde se cuela la desesperación absoluta. El hombre que me llevó a Cormac McCarthy era también gran lector de Howard Phillips Lovecraft. Ambos autores, al final del día, tenían el ojo puesto en el mal, no como cree el catolicismo, sino como aquello que está más allá de toda comprensión. Una manifestación de Dios en tanto este es también su ausencia. Una teología maldita.

Que donde quiera que esté, Cormac McCarthy pueda descansar en paz.