Ex-Yugoslavia, fragmentos de la memoria

Pensar en la antigua república yugoslava, es pensar en el país roto por antonomasia. Ese pequeño terruño en los balcanes que el mariscal croata Josip Broz, mejor conocido como Tito y antes que él los nacionalistas eslavos, hostiles a la dominación austro-húngara, concibieron como una unidad geopolítica, guarda también, sin embargo, algún paralelismo con alguna otra república que se mantiene unida pese a la inercia de hacerse jirones. Hablamos, por supuesto, de la Honorable República de la Memoria, que el ensayista y autor digital Pierre Herrera, visita como un conocedor, pero también un partisano, consciente siempre del peligro.

Sucede que Yugoslavia, el país cuya población miraba películas mexicanas tras perder acceso a la producción soviética luego de la ruptura entre Tito y Stalin, se desintegraba en una guerra atroz, llena de genocidio y rudeza, mientras, al otro lado del mundo, en el también aguerrido Michoacán, el escritor en cuestión veía el mundo crecer ante sus ojos infantiles. Slobodan Milosevic y sus carniceros de la muerte barrían con la población croata y Bosnia, mientras un niño en Morelia veía a sus padres bregar contra viento y marea en pleno salinismo e intuía que el sueño mexicano, la promesa de una vida siempre mejor, era un fantasma.

En México existió un régimen similar al de Josip Broz, el mismo régimen que exportaba las películas a los cines serbios y croatas, bosnios, montenegrinos y macedonios. Y en los noventa, cuando el autor comenzaba con sus primeras palabras, este régimen de economía parcialmente planificada, sustitución de importaciones, pero también represión y obediencia a la batuta norteamericana, hacía agua por todas partes y el capitalismo más salvaje se imponía como única realidad. Las atrocidades que los ex yugoslavos padecían habría de reproducirse pronto en estas latitudes de las manos de un presidente michoacano como el autor de estos ensayos.

En la obra de Pierre, hay una revisión de esa era y de la infancia que la acompañó, una definición en la que Yugoslavia es no solo una metáfora del país, México, sino de la familia misma. La casa, la carretera escuchando a los Creedence junto al padre. La odisea de los abuelos, dejando el campesinado, abrazando a la pequeña burguesía, la clase profesional, “clase media”, para terminar en la precariedad con los sueños destrozados y los deseos de una vida más estable, sólida, una casa nueva, transformados en una guerra partisana sin ganador salvo por el capital, que todo lo devora, incluyendo la escritura, las políticas culturales, el curso de la producción inscrita en la lógica del capitalismo tardío.

A Pierre, un tecnófilo, poeta de alma científica y místico de la maquinaria digital, no se le podían escapar las referencias constantes a lo fantasmagórico, “hauntológico”, más bien, en el sentido de Mark Fisher. En el libro, abundan las alusiones a este concepto y la memoria personal del niño crecido en Morelia, de familia campesina, después pequeñoburguesa y devenido en artista, nunca queda ahí, aislada, sino que se engarza con una profunda reflexión política sobre la posición que ocuparía el creador artístico, el escritor en el contexto que habitamos hoy.

Hay también loas a la inutilidad, elegías de lo pequeño, lo que apenas sobrevive, como la selección de futbol de Mongolia, otro país de influencia soviética que eventualmente siguió su camino en medio de la tundra y la estepa. Leer a Pierre Herrera es un viaje constante a la estepa y un encuentro con esas memorias que para cualquier mexicano del centro del país tienen un ligero regusto a Sarajevo. Nadie que haya crecido en los noventa y que en su adolescencia haya visto el país hecho pedazos bajo la inútil guerra contra el crimen organizado, puede pasar por estas páginas sin sentir que las experiencias son, de algún modo, suyas. Esto es especialmente cierto para quienes nos dedicamos al arte y/o a las letras, ocupaciones en las que, se nos decía, no conoceríamos más que el hambre. Y aquí estamos hoy, como exiliados, hurgando en las ruinas de nuestra memoria e identificando elementos en común, sorteando el hambre y resistiendo desde los márgenes de la creación, mientras leemos en la nación imaginada por Pierre, un reflejo de la nuestra, el territorio fantasma al que jamás podremos volver.