Yo soy una perra en calor


Apenas inicia 2024 y la comunidad trans* en México ha enfrentado ya varias situaciones de violencia: La malgenerización del presidente López Obrador quien llamó a la Diputada Federal Selma Luévano Luna “Hombre vestido de mujer”; el asesinato de Gaby Ortiz, mujer trans* encontrada sin vida, con signos de violencia y con un mensaje amenazante; la agresión transfóbica a la activista Nicté Chávez, la golpiza que
sufrió la influencer Paolita Suárez de “Las Perdidas”, y otros sucesos más, suman ya ocho
asesinatos a personas trans* en lo que llevamos del año.

En este contexto violento, leer el pensamiento de una travesti negra cimarrona, poderlo presentar en público y tener la oportunidad de escuchar su voz, sus reflexiones y posicionamientos, nos parece en sí mismo un acto de resistencia y al mismo tiempo un acto de cuidado. Parece que la consigna más importante ante los tiempos que imperan es la de mantenernos con vida y de una forma digna y es en esta posición en la que nos encontramos, defendiendo nuestras vidas y construyendo redes y vínculos que nos permitan subsistir acompañadas.

Toda esta fuerza, que el presente texto busca recrear, no es otra cosa que la materialización del mensaje presente en el libro “El feminismo ya fue” de Mikaelah Drullard, que se presentó el pasado 20 de enero de 2024 en la Librería Pessoa. La presentación fue guiada por la investigadora travesti Nivs Trejo y la artista travesti FaustE Gracia, quien escribe esto y espera que le acompañen en este breve recorrido.

El trabajo de Mika, sus análisis, sus hallazgos, habría que situarlo no solo en torno a lo que la propia autora afirma, sino también a las negaciones que la posicionan ante el mundo. Este ejercicio no se queda ahí, solo flotando en el aire, si no que impacta, toca, mueve e interpela a quien la lee o la escucha. Su voz es activa, no es impasible. Como diría Nivs Trejo “una vez que leemos a Mikaelah ya no hay vuelta atrás”. Nos pone a indagar en nuestros marcos de referencia, en nuestras historias, en nuestro legado y lo hace evidente en el libro, menciona: “reclamo el legado afrofuturista y cimarrón de imaginarme fuera de la plantación del cis-tema sexo-género”.

Ante estas afirmaciones me pregunto: ¿Hemos reclamado, de manera individual y/o colectiva, ese legado? ¿Reconocemos ese legado? ¿Hemos escudriñado en los discursos que nos constituyen? ¿Los hemos puesto a prueba, si/no, por qué? Mika lo describe perfectamente: “Reconocerse a una es duro, toca hacer ese ejercicio, aunque quizás sepamos que no nos gustará la imagen que veremos”.

Desde esta perspectiva, consideró que uno de los aportes del trabajo de Mikaelah radica en compartir sus posiciones, sus apuestas, sus imaginarios, sus formas de contaminar todas estas narrativas del “deber ser” desde una lógica global occidentalizada, patriarcal, cisheteronormativa y colonial. Nos queda claro, que estas experiencias nos dejarán, esperamos, escudriñando un poco en esas estructuras nuestras y las formas en que las replicamos.

En el avance el libro, una de las enunciaciones que va cobrando importancia y apareciendo de manera constante como una afirmación en relación con otras posiciones es la figura de “lx travesti”, figura que por obvias razones es de mi interés, pero que su importancia no radica en mi percepción personal, va más allá. Y entonces hay sentencias claras, contundentes: “Travestí, pero nunca mujer, ese lugar para mí es muy humano” “la transitividad como un ejercicio de escape y fugitividad…” “…lo travestí es un tema antirracista y no de género”.

Leyendo estas palabras, me refleja de manera directa la potencia de “lx travestí”, y no lo pienso desde una episteme académica, lo entiendo desde una experiencia encarnada, desde una corporalidad otra, desde un posicionamiento que aún se escapa, se escabulle, que se vuelve una posibilidad de imaginación distinta; la figura de la travesti le sigue quedando lejos al imaginario social como algo que se pueden entender, sistematizar, academizar. Se vuelve una grieta, una fisura, un espacio de resistencia que sigue estando al margen de concepciones de normalización o asimilación. Pienso en las travestis sudacas que han acuñado el término “travesticidio” para buscar la justicia por sus hermanas asesinadas. Pienso en las travestis que nos han regalado su “Leche Travesti” a través de palabras y performance. Pienso en la potencia de construir vínculos que nos permitan desde estas existencias: encontrarnos, reconocernos y acompañarnos, y tomando las palabras de Mika, poder en algún momento decir: “Estoy lista para defender-Nos porque no vivo sola”.

De manera filosa e incisiva, la autora nos dice “el feminismo ya fue (…) abandonemos el feminismo por su origen y constitución blanca (…) el feminismo nació sostenido por la explotación y la des-humanización de otras mujeres y hombres racializados”. Estos posicionamientos se vuelven difíciles de escuchar porque desestructuran las certezas que otrora un movimiento social como este posibilitaba para ciertos sectores de la población; es decir, brindar, aunque fuera solo a algunas, un horizonte que, en la práctica no se pudo sostener dado que siempre se trató de un discurso que, en palabras de Mikaelah, “…prioriza un sujeto ‘mujer’ basado en una política de identidad profundamente esencialista…”.

No podemos dejar de mencionar a las cada vez más presentes y crecientes (en número) feministas TERFS (es el acrónimo para Trans-Exclusionary Radical Feminist que en su traducción literal al español significa “Feminista Radical Trans-Excluyente”), que desde una lógica biologicista pretenden luchar contra lo que llaman “borrado de mujeres”, un eufemismo para la existencia de feminidades trans, travestis y disidencias sexuales en general y con las cuales por supuesto que no estamos de acuerdo.

Regresando al título del libro y a la crítica sobre el/los feminismos, Mikaelah lo deja muy claro en un ejemplo que nos queda cerca y que intentaré parafrasear: si mujeres (en el amplio espectro de la enunciación) en ámbitos políticos, académicos, artísticos y de la vida social en general, se pueden enunciar desde el feminismo/los feminismos siendo terfs, colonialistas, patriarcales, cisheteronormativas y punitivistas, entonces hay que cambiarse de acera. Parafraseando otra poderosa idea incluida en el texto: si el Vaticano dice qué es feminista, hay que cambiarse de acera de inmedianto.

Ante estos ejemplos consideramos que la postura de la autora es más que clara y se vuelve una señal de una búsqueda distinta de nombrarse, reconocerse, enunciarse; hay un deseo de imaginar y construir discursos propios y en primera persona. En términos personales, agradezco la invitación a leer y presentar este libro, de igual forma agradezco a la CCC por la invitación a escribir este breve texto, de compartir el espacio con travestis a las cuales admiro tanto como Nivs y Mika, y sobre todo al tener la posibilidad de replantear mis propias estructuras, mis prácticas e imaginarios. Me quedo con muchas preguntas, pero la intención nunca fue encontrar respuestas, de modo que, a manera de cierre, me uno a la invitación que a continuación nos hace la autora:

Solo quiero invitarles a pensar en términos más complejos, plurales y multifactoriales reconociendo que la supremacía blanca no es solo habitada por el varón blanco, ya que solo ampliando nuestro mapeo de actores y sus relaciones constitutivas, podremos abordar en términos sistémicos el cáncer del racismo estructural que nos está matando, y que es sostenido de diversas formas”.

Poesía contra el SAT y la precariedad

¿Qué haces cuando el anhelo que lograste materializar de pronto se esfuma? Lo conviertes en poesía porque “escribir también es un acto de venganza”. Al menos eso fue lo que hizo Sisi Rodríguez, quien junto con Ata Espinosa, presentaron en la CCC un adelanto de Poesía y desempleo II, obra que construyeron en conjunto.

La también autora de Prositas de amor contra el SAT, publicado por Ícaro, en Guerrero, cuenta que fue a partir de su despedida del “trabajo soñado”, donde se desempeñaba como editora de una revista impresa, que decide comenzar a escribir poemas en los que refleja su reflexión sobre cómo los recursos económicos también ayudan a realizar arte. Pero escribir una obra literaria, de cualquier género, conlleva la responsabilidad de saber qué prescindir o añadir en el momento oportuno, por lo que cuando Sisi llevó a trabajar su propuesta de la mano de Sergio Ernesto Ríos, editor de Grafógrafxs, se dio cuenta de que en realidad en su manuscrito había dos propuestas: Poesía morosa: prositas de amor contra el SAT y Poesía y desempleo, una serie de ensayos sobre dicha experiencia.

Ahora, junto con Ata Espinosa, quien incorpora una reflexión sobre cómo se escribe con algún propósito, aunque esta no siempre sea una tarea tan fácil, nace Poesía y desempleo II: más poesía y más desempleo, y la CCC fue el primer lugar en donde los autores pudieron dar un adelanto de este libro que verá la luz en 2024 bajo la edición de Cáspita.

Ata, por su parte, comentó que su trabajo como escritor está altamente influenciado por su inclinación a la música, y no debido a sus gustos personales, sino por su interés en cómo esta se convierte en una influencia que determina, es decir, una reflexión en torno a los sonidos y a la incidencia de la música en nuestras vidas.

Los autores conversaron un poco de su experiencia de vida como escritores, en la que llegaron al punto en común sobre cómo es que, para dedicarse al arte, proviniendo de una clase baja o media, siempre es necesario dedicarse a conseguir recursos económicos por otras vías, desde dar clases hasta tener un empleo fijo en, quizá, el sector salud, pero siempre con el propósito de poder pagar cuentas que, en el caso de la poesía, esta por sí sola difícilmente podría costear.

“Los escritores ricos, lo mínimo que pueden hacer es ilustrarse, leer y escribir bien. Pero, la verdad es que es muy difícil leer y escribir sin recursos”, concluyeron entre risas, invitando a los asistentes a poder conversar sobre la diferencia entre la industria editorial y el campo literario, que es donde ellos mismos se sitúan.

Mundos que arden antes de nacer

La poesía no se limita a las páginas impresas; es un juego de creación que involucra al lector o espectador, a veces transformándose, según Laurie Anderson, en un deporte extremo, un acto de resistencia que se nutre de vivencias, adaptándose y buscando reflejarse en otros.

Un ejemplo de esto tuvo lugar en la Central de Cultura Compartida (CCC), donde las poetas Anaité Ancira y Martha Mega no solo recitaron sus poemas, sino que los encarnaron. Con un monólogo lleno de humor, Anaité exploró su experiencia en el amor a los 40 años. Desde su divorcio hasta sus ligues digitales, mencionando como el algoritmo tiene el poder de acortar, gracias a los memes, las nudes y los poemas, 10 mil kilómetros que la separaban de su amante.

Sentada sobre un paquete de papel de baño de Costco, mencionó que durante su divorcio requirió cantidades industriales de papel para llorar, porque la vida no se ajusta a las expectativas; pero es ahí donde radica su riqueza, hasta el propio papel de baño, ya sea el de Costco o cualquier otro, tiene múltiples usos, que van desde limpiar el culo hasta escribir. Como dijo Sylvia Plath, la independencia surge en la búsqueda de autenticidad, pero ¿cómo lograrlo si estamos inmersos en un mundo donde desayunamos, comemos y cenamos memes?

La poesía no se limita a la realidad tangible. Alcanza lo astral, conectándose con el arte. La presentación de Martha Mega se conectó con el más allá; al utilizar el collar de coral rojo de su difunta tía Susana, presentó “Bibliomancia”. En este acto, el público hizo preguntas que Martha respondió escogiendo versos al azar de sus poemarios, guiada por la energía de su tía, porque los poemas son como niños que encienden fuego al mundo para verlo arder, un mundo que ya ardía desde antes de que nacieran.

Martha y Anaité interactuaron con objetos a la manera de Marina Abramovic, quien interactuaba con el público y los objetos en sus performances, buscando que cada reacción fuera única y cada presentación irrepetible. Martha, con un collar de coral rojo que perteneció a su tía difunta, y Anaité, con un simple papel de baño, fusionando el humor, la cultura pop y llegando al extremo de reescribir canciones clásicas como “Señora de las 4 décadas” para convertirla en “Señoro de las 4 décadas”, y en la reinterpretación del mito de Orfeo como un rockstar.

La poesía de ellas es un acto reactivo frente a la propia descomposición, sin caer en adornos superfluos, es la vida como es y cómo es la poesía.

Las malas que no fuimos

Dos cosas me hacen pensar que quizá este sea el mejor momento para ser una mujer trans en América Latina: El triunfo de Wendy Guevara, ícono de “las perdidas” en el más reciente Reality Show impulsado por Televisa y el furor, no tan mediático como el de Wendy, pero aun así lo suficientemente fuerte como para sacar del marasmo a toda mujer trans con pretensiones literarias, incluyendo, evidentemente, a la que escribe este texto, que ha desatado una narradora travesti argentina. Hablo, por supuesto, de Camila Sosa Villada quien, con su novela “Las Malas”, traducida ya a cinco idiomas y transformada en un verdadero fenómeno editorial en países como Suecia, se ha posicionado como una de las escritoras contemporáneas más destacadas en América Latina.

Desde el inicio, la novela te golpea, pero el golpe, que también es caricia, como suele suceder entre putas, es aún más fuerte, más ácido y más corrosivo, pero también más cálido y lleno de vida, cuando la lectora es trans. A grandes rasgos, sin ningún afán por spoilear, la novela nos sitúa frente a una jauría o manada bastante peculiar. Son un grupo de travestis, todas trabajadoras sexuales, todas más o menos rotas, enganchadas o la coca o al alcohol y siempre en alerta ante los peligros que el universo cisheteropatriarcal arroja sobre los cuerpos que no caben dentro de la norma.

Frente a la jauría hay una perra alfa: La Tía Encarna, quien a sus ciento setenta años no solo sigue puteando en el Parque Sarmiento de Córdoba, sino que además vela por la seguridad y el bienestar de todas esas travas que, junto a ella, entregan el cuerpo a la noche como una ofrenda al placer de los hombres y hacen de esta ofrenda su modo de vida. Para las travas del Parque Sarmiento, la Tía Encarna es madre, pero esta vocación materna solo cobrará forma tras descubrir, entre unos arbustos, al “Brillo de los Ojos”, un recién nacido abandonado en medio del invierno a quien -cagado y desnudo, cuál Marcelino Pan y Vino posmoderno- la Tía Encarna ofrece refugio en su guarida, una casa rosada (como la sede oficial del gobierno argentino) en la que las travas del parque se resguardan, como vampiros, de las terribles miradas diurnas que la gente “normal” o más bien “normativa”, arroja como armas contra sus frágiles cuerpos hinchados por el aceite de avión que se inyectan.

Mientras hace crecer al Brillo de los Ojos bajo el amparo de sus prohibidas hadas madrinas, la narradora de la novela, transunto autobiográfico de la propia Camila Sosa, nos habla sobre su infancia en un pueblo pequeño, su condición de maricón, primero, y travesti después, en la provincia rural argentina. Esta narrativa, engarzada con la breve biografía del Brillo y las correrías de las travestis en el Parque Sarmiento está llena de la violencia inevitable que supone una identidad trans en un continente como América Latina, donde a la hegemonía católica (o ahora evangélica en algunas regiones) siempre hostil hacia la diversidad sexo-genérica, hay que sumar también los prejuicios que produce vivir en medio de la miseria y la explotación.

En voz de su narradora, Camila habla de la violencia que habitó su cuerpo desde niña en aquella zona rural de la provincia de Córdoba, pero no lo hace desde el victimismo ni particulariza su situación. Por el contrario, al abordar la novela como un relato coral que involucra a todas las travas del Parque Sarmiento, Sosa Villada dota a su narrativa de una dimensión comunitaria en la que, por supuesto, tampoco puede faltar la reflexión de clase. Como bien ilustra el pasaje de las “Cuervas”, las travestis burguesitas que visitaban el parque para burlarse de las prostitutas y regodearse en su dizque superioridad, ni siquiera entre las travestis, o las trans, podríamos decir, existe la igualdad. Es justamente la clase lo que hace de unas, prostitutas sometidas a infinitas violencias y de otras, divas “closeteras”, eternamente encerradas por temor a perder los privilegios que como “varones” burgueses detentan.

Hay en camila todo una tradición de escritoras, algunas de ellas tristemente recordadas con el nombre de varón, pero que hicieron de las letras argentinas y sudamericanas todo un carnaval para las trans, y las travas, las putas, las locas, para las vestidas… para todos esos monstruos que no cabemos en la familia bonita con casa Geo y un golden retriever y dos carros e infinitas deudas para mantener el ciclo de consumo. Su obra ofrece guiños hacia la de Pedro Lemebel, Naty Menstrual, Manuel Puig, Claudia Rodríguez y otras incansables diosas de la palabra que escribieron desde la herida de la identidad antinormativa.

Sus personajes, llenos de ternura, pero también de violencia, nos hablan de una realidad que se vive como un estado de sitio constante, donde las autoridades, las fuerzas represivas del estado, hacen lo que sea para eliminar esas diferencias y esconderlas bajo la mesa, donde no incomoden, no incordien y no perturben a las familias “de bien”, las personas “de trabajo”, para quienes Camila reserva la crueldad más abyecta, recordándonos que el amoroso padre de familia clasemediero es en la noche el cliente borracho y golpeador y el policía, el guardián de la ley, un violador asqueroso, mientras que la vecina mustia es una Heinrich Himmler dejando los peores horrores pasar en nombre de “la decencia”.

La ternura se desborda sobre todo en personajes como María, una travesti sordomuda que eventualmente se torna en pájaro y cuya transformación documenta en una serie de pequeñas cartas con faltas de ortografía y de sintáxis. En estas, la sordomuda expresa su terror ante la idea de ser “un mostro” y a la metamorfosis del cuerpo, que se le va llenando de plumas grises, se suma la deformación sintáctica con la que escribe, reflejo de sus carencias, pero también de su empeño por permanecer en pie, siempre desde una ternura infinita.

Como mujer trans que pasó por ese proceso ya entrada en la edad adulta, no puedo evitar sentir otra cosa que admiración hacia lo que nos describe Camila. Sus travestis del Parque Sarmiento son un monumento a la valentía y la entrega al más puro y elemental deseo de vivir. Como ellas hoy hay todavía una infinidad de mujeres trans, travestis y vestidas que siguen poniendo el cuerpo en los distintos parques sarmiento del mundo. En lugares como la Alameda de Querétaro, la Avenida Eje Vial de San Luis Potosí, la Calzada de Tlalpan o la carretera a Arteaga en el gélido Saltillo, hay historias que remiten a lo que cuenta camila, aunque siempre son distintas, en tanto no hay dos travestis iguales, dos mujeres trans iguales o dos zonas rojas iguales. La diversidad es lo que caracteriza nuestros cuerpos en metamorfósis constante. La diversidad y la cacería de esa belleza que nos evade como una sombra al tacto, aunque en realidad es solo nuestra.

Que la lectura de camila Sosa nos conecte con nuestras pioneras trans: Kenya Cuevas, Glenda Prado, Samantha Flores, que es una auténtica Tía Encarna y hoy, Wendy Guevara.

Una bella y larga vida deseo para todas mis hermanas trans y travestis. Una vida llena de deseo, belleza y goce, todo eso que merecemos y nos ha sido negado.

Cucarachas y protocyborgs a cuatro manos

A mediados de junio de 2023, tuve la oportunidad de ir a París. Durante dos semanas me dediqué a conocer museos y exposiciones; La exposición “Andy Warhol x Jean Michel Basquiat à quatre mains” en la Fundación Louis Vuitton significó muchísimo para mí. En ella, se retrataba la amistad de los artistas a través de piezas que trabajaron en conjunto, creando un lenguaje pictórico a partir de su vínculo. Creo que lo más valioso que me ha dado la literatura son mis amigxs y las pláticas que he tenido con ellxs.

De regreso a Querétaro, México, me invitaron a asistir a la presentación de los libros “Cucarachas” de Víctor Santana y “300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico”, de Horacio Warpola. Ambas presentaciones tuvieron lugar durante la misma tarde y su escenario fue la Casa de la Contra Cultura (CCC). Como lo hicieran en su momento Warhol y Jean Michel Basquiat y absolutamente envueltos en el neón de la CCC, Santana y Warpola hablaron sobre sus libros, como si estos tuvieran vida propia y conversaran entre ellos.

Más que una presentación, fue una charla en la que el público pudo experimentar de cerca la amistad que llevan ambos autores. Santana, quien vivió varios años en Querétaro, antes de irse a Ciudad de México, conoció a Horacio Warpola al que llamó un “tecno-chamán”, y ambos cultivaron su amistad gracias a las novelas enciclopédicas y a William T. Vollman.

Fueron novelas como las de Vollman, universos complejos, totalizadores, las que pusieron a Víctor Santana en la senda de “Cucarachas”, una novela ambientada en Mazatlán durante la pandemia de la COVID-19 que habla sobre cucarachas extraterrestres con la intención de estafar a un cartel de narcotráfico. En la novela hay de todo: sexo, drogas, homosexualidad, narcotráfico, internet, pornografía y extraterrestres. Estos fenómenos se abordan desde la perspectiva de cada uno de los personajes -humanos, insectos y droides- en una macro historia que, afirmó Víctor Santana, buscaba que fuera mínima por su necesidad de tener el grado cero de la escritura en su obra.

Warpola también abordó lo mínimo de la escritura a través de sus 300 versos. Explicó que el poemario, impreso por primera vez en México en un tiraje artesanal gracias a Gold Rain, nació de una travesura. Revisando una convocatoria de poesía en España, notó que le pedían un mínimo de 300 versos; a partir de ahí, creó su poemario que con cada lectura cambia, pues a pesar de que los versos estén enumerados, Horacio Warpola lo lee en el orden que desee, aprovechando que el libro es una gran estrofa con un centenar de versos qué elegir, como si tirara una corrida de tarot.

Víctor Santana, con una gran trayectoria en medios de comunicación, ha admitido que los Simpson son para él un referente cultural más grande que Charles Dickens. Su gusto por las noticias y las series de televisión encuentra su hogar en su novela que, según Reporte Índigo, está inspirado en el periodismo gonzo y en las sitcoms, siendo una parodia del narco, explorándolo de una forma que la literatura mexicana contemporánea no ha abordado.

“Lo que yo quería era hacer una novela de cucarachas del espacio que, aunque sabía que era extremadamente ridículo y me enfrentaba a esa dificultad, también incluye cosas medio dramáticas o tristes”, dijo Víctor Santana para Reporte Índigo.

Y sobre el trabajo de Warpola, Noel René Cisneros escribió para Tierra Adentro: “300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico es una búsqueda de la perplejidad, recuerda a ciertas prácticas religiosas, místicas, que se han ejercido no solo en el ámbito de las religiones abrahámicas, sino de otras latitudes, como en el Oriente; lo cual se ve de manifiesto desde los primeros versos, ahí está el número 8 que dice: Este verso se divide en dogma y ritual, pero también en el verso 213: Este verso recurre al poder del internet para argumentar su condición desde un punto de vista teológico.”

Es innegable que tanto Víctor Santana como Horacio Warpola buscaban en sus respectivos libros llegar al extremo de la mística emocional de las cucarachas extraterrestres y de los prototipos cyborgs orgánicos, en donde la literatura, además de un vínculo entre amigxs, hace que las palabras rompan los paradigmas de un realismo sobrecogedor. Verlos hablar mutuamente de sus libros me recordó a lo que dijo Jean Michel Basquiat cuando trabajó con Andy Warhol: “Andy empezaba un cuadro y le ponía algo muy reconocible o el logotipo de un producto, y luego yo lo desfiguraba. Después intentaba que él trabajara un poco más en ello, intentaba que hiciera, al menos, otras dos cosas”.

Desde mi perspectiva como escritor, ver a artistas hablar sobre su búsqueda estética, me recuerda que la literatura necesita valor, no para afrontar el rechazo de una publicación o el fallo de un concurso, sino para construir lo que la imaginación pida, pues bien lo explicó Horacio Warpola: “Varios de estos versos también fueron tomados, extraídos de otros textos, intervenidos y cortados deliberadamente, eso provocó que se fueran formando paisajes cercanos a un collage donde el éxtasis, lo sagrado, lo cómico y lo tecnológico, se fueran adaptando a una sola capa de realidad”.

El Grizzly debe morir

Un torbellino caliente se apoderó de Querétaro, una efervescencia contracultural que se manifestó en la celebración de una lectura de poesía dentro de la CCC.

Los poetas tomaron el micrófono y dejaron escapar sus versos como abejas disparadas al hipotálamo de la soledad, la ira y el miedo. Sus palabras resonaron en gritos desgarradores, desafiando al mundo, haciéndolo temblar.

En ese jardín, bañado por la luz del atardecer y por destellos de colores que jugaban con los rostros. Los celulares, la herramienta de esta era, permitieron a los poetas conectar con una generación que construye todos sus vínculos en Internet. La poesía, llena de tonos y referencias digitales, se erigió como un grito de protesta, una muestra de que va más allá de rimas dulces y bellas palabras.

Desde Ciudad de México hasta Querétaro y Guanajuato, los nombres de los poetas resonaron: Darío González, Zauriel Martínez, Nadia Bernal, Oliveira Macías, Emmanuel Vizcaya, Román Luján, Dafne Martínez, Alexa Palacios, Horacio Warpola, Javier Pacheco, Mar Llamas y Timmy Carrillo. Cada uno de ellos, un arquitecto de trips.

Fue una catarsis colectiva de poesía y rebeldía. Los versos se convirtieron en latidos, las palabras en fuego. La lectura de poesía en la CCC fue una oda a la libertad, un recordatorio de que la expresión artística no se detiene ante las barreras impuestas por el sistema. En aquel jardín, en aquel instante efímero pero eterno.

La CCC, como un faro de contracultura, sigue siendo un refugio para aquellos que buscan explorar el arte sin ataduras. Es un lugar donde la creatividad fluye sin restricciones y donde las palabras se convierten en una poderosa arma de expresión. La noche del 14 de junio quedará marcada en la memoria de quienes estuvieron allí, como una muestra vibrante de la vitalidad y la pasión de la escena poética underground.

La poesía, en todas sus vertientes, nos recuerda que no estamos solos en nuestras luchas internas. Los poetas nos invitan a adentrarnos en las profundidades de la condición humana y a confrontar nuestras propias emociones y temores. En cada palabra pronunciada, se crea un vínculo que nos une.

Cuando la ternura es cuir

Jack, Frito y León. Frito, León y Jack. León, Jack y Frito. No importa el orden que les demos, para estxs tres luchadorxs, si se les puede llamar así, aunque más bien son familia (con las reservas que ese término despierta), paladines de la ternura en un mundo cada vez más desalmado, más despojado del aura y también, empeñado en aplastar toda diferencia, nada hay más importante que rescatarse a sí mismxs y a todxs de la indiferencia asesina esa que, cuando eres queer (O ‘cuir’, en versión tropicalizada), es decir “raro”, es decir “anormal”, puede llevarte a la tumba o mucho más probablemente, la fosa común. Pero a estxs tres guerrerxs, o guerrillerxs, más, militantes del Vietcong del género, eso, no les detiene y, por el contrario, les lleva a la acción, el golpe y lo que es más importante, la organización colectiva.

Es por eso que hace poco más de un año, decidieron traer a este mundo una iniciativa que busca dar acompañamiento a las personas en el espectro LGBTTIQ+ conocido también como espectro queer. En palabras de Frito, une ilustradore que también se desempeña como librere en la Librería Pessoa, es precisamente el acompañamiento lo que más falta suele hacer entre las personas no cisheterosexuales. Y es que, mirando alrededor, este es un mundo que fue hecho para las identidades hegemónicas, las que se casan, heterosexualmente, por supuesto, de preferencia, en una iglesia, con vestido blanco y flores, y tienen hijxs, se reproducen y se insertan además en las terribles lógicas del capital. Por eso, recuerda acertadamente Jack, un filósofo en formación y poeta que desde Chiapas llegó hasta Querétaro hace ya varios años, también es necesario operar fuera de la lógica del “Pride”. Y esque, mientras el capitalismo voraz, responsable de nuestras exclusiones, en tanto personas queer, busca lucrar con nuestra marginación y convertirnos en objetos de consumo, es necesario buscar otras alternativas.

Donde se nos dice que todo son risas y fiesta, a veces es necesario recordar que también hay dolor, llanto y rabia, mucha rabia. Sin embargo, esto no ha de traducirse en desesperanza, puesto que siempre existe una red dispuesta ofrecer contención y a canalizar esa furia y es negatividad para resignificarlas y que devengan en potencia subversiva. En este sentido, convendría recuperar las palabras de León, diseñador gráfico y DJ que, a sus 36 años, tiene bastante que comentar sobre lo que ha sido vivirse trans en un lugar como Querétaro, que hasta no hace mucho, era epicentro de la “mochez” y el conservadurismo.

Es importante decir ‘no estoy solo y lo que siento no es raro’. Para mí la ternura es acompañamiento, resistencia y un apoyo. Las personas luego no cambian, por eso tenemos este espacio”, dice.

De acuerdo con Jack, el espacio inició el 13 de mayo de 2022. Originalmente, no era un espacio para el activismo cuir, sino un grupo de personas no cisheterosexuales que se reunían para practicar juegos de mesa. Sin embargo, una cosa llevó a la otra y eventualmente fueron ofreciendo talleres, así como actividades artísticas y culturales. Hoy, sus actividades incluyen estas, así como conversatorios y encuentros entre personas de la diversidad sexogenérica. Como lo dejó claro Jack, esto siempre se hace desde una apertura a la crítica y a la reflexión, además de que se persigue nivelar las injusticias que históricamente ha padecido esta comunidad.

En los talleres y conversatorios, a las disidencias no se les cobra debido al tema de la violencia económica que han padecido y que, justamente, también tiene mucho que ver con la exclusión”.

Apoyar a la gente de la comunidad es importante, además, debido a un tema que para las personas queer parece no terminar nunca: Para las familias es muy difícil aceptar a una persona queer en su seno y esto hace que un número importante de personas queer terminen en la calle sin ninguna red de apoyo, a merced de todo tipo de inclemencias. Como dicen les tres, salir del clóset es sentirse como niño regañado. Esto, por supuesto, se traduce en una falta de oportunidades para acceder a los mismos bienes que la población cisheterosexual. Es por esto que en Ternura Cuir no se cobra a las personas de la comunidad.

Sin embargo, el apoyo a quienes han perdido el sostén de sus familias biológicas debido a su condición queer no se reduce a esto. También hay redes de afecto y de cariño que operan bajo la lógica que de descentralizar a la familia nuclear como modelo de relaciones y espacio primario de socialización. En lo que hace ternura queer, nos recuerda Jack, existe siempre la posibilidad de abrirse a otros vínculos que no tengan tanto que ver con el molde cisheteropatriarcal como los vínculos a los que nos hemos acostumbrado. Es por esto que en Ternura, como le dicen acotadamente, hay también actividades como picnics para disidencias, en los que se busca construir vínculos independientes del aspecto familiar.

Las actividades de Ternura Cuir están abiertas para todes, especialmente personas trans, queer y no binaries y en una época como esta, en la que el fascismo global va en alza, se sienten como un verdadero apapacho y una muestra de cariño para quienes, de alguna forma u otra, hemos sido abandonadxs.

Cinco años de Submarino

Soy peregrino. Vengo de familia peregrina. Caminé junto al grupo de las mujeres “peregrinas de pie al Tepeyac” cuando tenía 12 años. Me fui con mi tía Coco, hermana mayor de mi madre. Rosa Ferro era la líder del grupo de San José Iturbide, Guanajuato. Caminé frente al convoy junto a Rufis, que llevaba el estandarte con el número 38. Había más de 250 grupos de todas las partes del país, la mayoría del Bajío. Hicimos una semana caminando para llegar a la Basílica de la ciudad de México. Cuando llegábamos a algún punto intermedio, nos bañábamos y nos preparábamos para la jornada del día siguiente. Si no había regaderas en el pueblo, mi tía me bañaba con alcohol del 96 y algodón y después me daba una copita de anís “para que descanses bien” me decía.

Mi familia me enseñó a caminar hacia el encuentro con algo. Caminar en busca de algo. Caminar en la penumbra cuando la oscuridad es total. Caminar en soledad. Saber acompañarnos.
Hemos caminado desde San José Iturbide hasta Pozos todas las madrugadas del jueves santo desde hace más de 25 años. El señor de los trabajos es el santo patrono del pueblo. Si tienes problemas de trabajo, es a él a quien debes encomendarte. Hace milagros. De San José a Pozos son 28 km. Son de 7 a 9 horas caminando dependiendo los descansos que hagas. Van primas, tíos, familiares y amistades. La salida es a las 2 de la mañana.

Cuento esto porque hace 5 años empecé un camino con esta librería que se siente mucho a una peregrinación. Un camino hacia algo. También ha sido una barricada y un sueño absurdo que trato de apresar como una luciérnaga imposible. En este peregrinaje existe también una fe descomunal.

A lo largo de estos 5 años han existido momentos de desánimo y futilidad, pero a veces lo único que puedes hacer es seguir caminando, ir dando pasos a tientas hasta encontrar algo. Caminar en busca de un destello. Caminar en las tinieblas. Un peregrino debe saber habitar las luces y las sombras para poder avanzar. Hay que aprender a ver y leer el mundo bajo una luz invisible si queremos seguir caminando.

Cuando entrevistaron a Jorge Carrión y le preguntaron cuál era el futuro de las librerías, contestó “las librerías que tienen más posibilidad de sobrevivir a largo plazo son las que diseñen experiencias intelectuales y también emocionales. Una de las grandes amenazas de las ciudades es la economía de la soledad. En este contexto, las librerías se han convertido en espacios de encuentro, de contacto, de diálogo, de amistad y de relaciones personales en grupo. Creo que las librerías que apuesten por experiencias intelectuales y emocionales, y que permitan que las personas con intereses compartidos se conozcan, se acompañen y se quieran, son las que tienen más futuro.”

Felices 5 años

Adiós, Cormac

La primera vez que escuché sobre Cormac McCarthy, estaba, si no me equivoco, en el campus Aeropuerto de la Universidad Autónoma de Querétaro. Por entonces dictaba un taller de escritura en el Museo de la Ciudad que más que taller era una pandilla de vándalos. La literatura era el pretexto para reunirnos, pero el motivo real era la mota, el alcohol, los ligues y en general el cotorreo. No puedo culpar a mis alumnos, yo era la responsable del taller, pero en mi defensa, debo decir que tenía 21 años. Ellos tenían dos o tres menos que yo. Éramos, en otras palabras, unos mocosos. Yo había ido al Campus Aeropuerto para visitar a mis alumnos, pues la mayoría cursaban Estudios Literarios en la Facultad de Letras, por entonces recién expulsada del centro universitario y exiliada a esos parajes desérticos que, decíamos, más que una escuela, parecían campo de concentración. Otros de los talleristas cursaban la aún más marginal carrera de Desarrollo Humano, también sepultada por entonces en aquel erial, con sus alumnos forzados a llevar uniforme del Lager. Me gustaba visitarles un par de veces por semana y ahí, a la sombra de un huizache, bebiendo una coca cola o devorando un mazapán, muertos de calor y sudorosos, hacíamos lo que nunca hicimos en nuestros talleres: Hablar de escritores.

Las lecturas que teníamos eran de lo más variadas. A mí, pretenciosa y petulante, me parecía que mientras más vanguardista la cosa, mejor. Le había puesto un altar a cuanto autor raro se me cruzaba, sin conocer de él más que lo dictaba su página en Wikipedia y así, me ponía a pontificar sobre Mario Levrero, Felisberto Hernández, Inés Arredondo, Rubem Fonseca (a quien sí leí mucho por entonces), Roberto Bolaño (a quien también leí) y Thomas Pynchon. Otros, se decantaban por la ciencia ficción y algunos más, por la novela política. José Revueltas, por ejemplo, era un favorito de varios. Uno de mis talleristas en particular destacaba por dos cualidades: su profunda misantropía, que en realidad ocultaba un corazón de lo más noble, y su gusto ecléctico para leer, rebelde siempre a todo intento de cánon. Hablamos de un tipo que devoró a Joyce en inglés (terminó odiándolo) y que se tituló con una tesis sobre Joseph Conrad y la forma en que lo recuperó después Hunter S. Thompson. Fue este tipo, Óscar, el que vivió tres años rodeado de mapas de África mientras terminaba su tesis, quien durante una tarde calurosa en el campus más horrible de la UAQ, me habló por primera vez de Cormac McCarthy.

Lo que dijo no tuvo tanto que ver con su obra, sino con su persona. Decía que, al igual que Thomas Pynchon, contemporáneo suyo, por cierto, McCarthy era un eremita. No le gustaba dar detalles sobre su vida y, en su afán por evadir a la prensa, depredador natural de los escritores, había llegado incluso a encerrarse en una plataforma petrolera. Más adelante, ya avejentado y harto de estar siempre huyendo, abandonó la plataforma petrolera para instalarse en el desierto de Nuevo México, específicamente al norte de Santa Fé, uno de los lugares más endemoniadamente místicos de los Estados Unidos. Jamás encontré ningún dato, más allá de las aseveraciones de Óscar, que corroborara que Cormac McCarthy había vivido en una plataforma petrolera, pero la imagen que sembró en mi cabeza bastó para que me interesara profundamente por el escritor. El empujón me lo dio el propio Óscar en otra ocasión, cuando, visitándolo en su casa, nos fumamos un porro y se nos ocurrió poner una película. La película en cuestión fue “No country for old men”, horrorosamente traducida como “Sin lugar para los débiles” y sin duda una de las cintas más crudas entre las que han dirigido los hermanos Cohen. En ella, seguimos de cerca al sociópata Anton Chiurgh en una pesquisa que va desde el sur de Texas hasta el norte de Coahuila y en la que no faltan momentos de esos cuya violencia hace imposible conciliar el sueño en la noche. Cuando finalizó la película, me le quedé viendo a óscar y este, con los ojos enrojecidos y una sonrisa gigante, me señaló que estaba basada en una novela de McCarthy.

Ya no pude, en lo sucesivo, hacerme tonta respecto a este señor que terminó encerrándose en Nuevo México y ahora sí, comencé a interesarme por su obra. Una vez hecho esto, descubrí que la saña con que retrató a Anton Chiurgh, era apenas una probada de su habilidad para retratar al mal más absoluto. Pero Chiurg, el psicópata que agujeraba cráneos con un extintor presión y que terminó pudriéndose en Piedras Negras, era tan solo un bebé si lo comparábamos, por ejemplo, con el juez Holden, el mercenario de Meridiano de Sangre, considerada por muchos como la obra maestra del autor y ambientada también en la región fronteriza y sin ley que se extiende entre México y los Estados Unidos y que pareciera estar eternamente condenada a la violencia. Si en el siglo XIX eran matones como Holden los que hacían valer su fuerza conquistando el oeste y matando de paso a quien se cruzara en su camino. Hoy son los cárteles de la droga quienes se enseñorean de esos territorios y los convierten en auténticos meridianos de sangre, cuando no lo son también policíacas y militares o las agencias como la DEA, que bajo su mantito de legalidad esconden intereses tan mercenarios y obscenos como los de Pandilla de Glanton, la organización criminal que empleaba a Holden como genocida profesional.

Algo que desde el principio llamó mi atención respecto a McCarthy es que él no era originario de la región sobre la que escribió. Nacido en una familia hiberno-católica de Rhode Island, el trabajo de su padre lo llevó desde la infancia al sur profundo, específicamente a Tennessee. Si nos atenemos a lo que dice su artículo de Wikipedia, así como las escuetas entrevistas que concedió en vida, fue en este lugar en donde se hizo escritor. Sus primeras novelas, que escribió alrededor de los treinta años, están, de hecho, ambientadas en esta zona. Pero algo pasó en su vida, o en su carrera, que lo sacó de los pantanos del bible-belt y lo empujó un poco más al oeste, a la región fronteriza. Desde la década de los setenta, la mayor parte de la obra de McCarthy comenzó a transcurrir en ahí y adoptó las características del western. No abandonó del todo, sin embargo, las ambientaciones en escenarios distintos. Ejemplos muy claros de esto son su obra de teatro “The sunset limited”, donde un profesor ateo es salvado del suicidio por un evangelista afroamericano en el Puente de Brooklyn, y su novela exitosa más reciente, “La carretera”, un thriller distópico donde, como le gusta a McCarthy, la vida y la muerte se encuentran cara a cara.

Ambas obras fueron llevadas al cine. The Sunset Limited, por Tommy Lee Jones y La Carretera por John Hillcoat. La primera la vi también con Óscar y fue una absoluta voladura de cabeza. Durante una hora y media y con guion del propio McCarthy, Tommy Lee Jones enarbola una serie de argumentos filosóficos, morales y religiosos para poner a sus personajes a discutir sobre tópicos como la existencia de Dios y el sentido del sufrimiento humano. La vimos también llenos de marihuana y no dejó espacio para la imaginación. Lejos de ofrecer consuelos o tender haces de esperanza al horizonte, McCarthy enarbola la incertidumbre absoluta. Te deja hecho un témpano. Decía Kafka que la buena literatura es, precisamente, un hacha que rompe un hielo. McCarthy era de una opinión parecida. De manera muy similar a ese otro gran excéntrico que fue Juan Rulfo, sostuvo en reiteradas ocasiones que la única literatura que le interesaba era la que concernía a la vida y la muerte (Rulfo añadió a la lista el amor, pero ¿Qué es el amor sino la síntesis de las otras dos?). No sé, a ciencia cierta, e ignoro si sea posible saberlo, de dónde le venía a McCarthy esta vena vitalista. Su condición de irlandés podría indicarnos un camino. Hay algo en la historia de ese pueblo, vapuleado hasta el cansancio por los ingleses y obligado a desplazarse a América en medio de una de las mayores hambrunas de la Europa moderna, que lo hace aferrarse a la vida, a la tierra. Si nos atenemos a que su nombre de bautizo era Charles y adoptó el muy celta “Cormac” solo en la edad adulta, encontramos que la pista podría no ir tan desencaminada. Su sangre irlandesa se encontró a gusto entre el salvajismo del sur y aún más entre el de la región fronteriza, donde falleció, casi de noventa años, un bastante caluroso martes 13.

Mientras escribo este texto, la arena en las inmediaciones de Santa Fe debería estar aún caliente tras soportar todo el día la inmisericorde lamida del sol. Cormac McCarthy, por otra parte, averigua, o no, por fin, si los dolores del mundo, el mal que aparece tan de repente como el ladrón que viene en la noche, tienen algún sentido último. En cierta manera, podríamos decir que McCarthy es el reverso perfecto de otra magnífica escritora estadounidense con raíces en Irlanda. Mientras que Flannery O’Connor deja entrever en sus cuentos atisbos de la gracia, siempre presta para salvar a los hombres de la perdición, McCarthy parece mostrar más bien la antigracia, una rendija infernal desde donde se cuela la desesperación absoluta. El hombre que me llevó a Cormac McCarthy era también gran lector de Howard Phillips Lovecraft. Ambos autores, al final del día, tenían el ojo puesto en el mal, no como cree el catolicismo, sino como aquello que está más allá de toda comprensión. Una manifestación de Dios en tanto este es también su ausencia. Una teología maldita.

Que donde quiera que esté, Cormac McCarthy pueda descansar en paz.

El hechizo industrial de Leonora Postpunk

Leonora Post Punk, como su nombre lo dice, es un grupo influenciado por el punk clásico, que busca expresar el romanticismo gótico en sus letras, llenas de coros palpitantes y listos para sacudir el alma de quien los escuche.

El proyecto nació en Los Mochis, Sinaloa, durante la pandemia de la COVID-19, y la convocatoria que tuvieron en la Central de Cultura Compartida en Querétaro, muestra que el encierro logró congregar nuevamente a los fans quienes, apenas tuvieron la oportunidad, formaron una multitud llena de ruido y punk. Esta es la segunda vez que esta agrupación viene a Querétaro, en este caso, como parte de una gira que comprende otras ciudades como Puebla, Guadalajara, Pachuca, CDMX y Toluca, el corazón del país, trayendo gozo sus fans, jóvenes entre 18 y 25 años vestidos de negro y con estoperoles, como si estuviéramos en el Manchester de los setenta.

El concierto inició con la apertura de Red Witch, una dj que lanzó conjuros con música electrónica, permitiéndose ser la hechicera del centro de la noche, mientras que, sobre su tornamesa, movía las manos bajo una luz neón púrpura que hacía que todos bailaran, sobre su mismo sitio, moviendo el cuerpo de un extremo a otro como un metrónomo.

El segundo en aparecer fue Jorge Sánchez, él dijo que el set, también de música electrónica, estaba hecho principalmente para Leonora Post Punk, creando una cadena de sucesos, entre su música y la melancolía de la banda. A diferencia de Red Witch, Jorge cantó en inglés durante varias de sus mezclas, incitando el baile, en donde los espectadores empezaron a moverse de un lado a otro, al fin despegando sus pies.

Cuando Leonora Post Punk subió al escenario, cambió la luz, todo se iluminó para enfocar, en esos rostros maquillados, el agradecimiento que sentían de estar nuevamente en Querétaro. Abrieron el concierto con su canción “Bailo” y ahora sí, los punks bailaron, de un lado otro, fumando y tomando sus cervezas mientras saltaban y coreaban al mismo tiempo que el vocalista. La aflicción de ser vulnerable, de entregarse un momento al humo y al alcohol.

La guitarra de Leonora Post Punk transmitía una electricidad que se movía entre los miembros de la banda quienes, en privado antes del concierto, me confesaron que aún no se la creían que hubiera fans que estaba ahí para escucharlos y que se sentían reflejados por su música y que se formaban para tomarse fotos con ellos. Y así el bajo de la banda hacía que nuestros corazones se sincronizaran en un solo sonido, la música.

Personalmente, mi momento favorito fue cuando Leonora Post Punk tocó un cover de Juan Gabriel, Amor eterno, en el que transmitieron la pérdida convertida en nostalgia. También revelaron un nuevo tape, “Perro”, donde citaban que eran perros con cadenas invisibles. Y los punks que se reunieron en la Central de Cultura Compartida, se alegraron de las primicias de la banda, de ser parte de ese momento único que quedaría perfecto con su canción “Polvo” donde muestran lo efímero y trascendental. Su última canción fue “No te vayas”, que de forma irónica, decía: detente, te lo ruego, lo siento, lo siento, quédate, quédate. Solo para despedirse de Querétaro, mientras todos pedían otra más.